Hacienda somos todos claman las voces, graves y con atisbos de honestidad, en los anuncios que la agencia tributaria realiza cada año invitándonos  a cumplir con el deber de rectos ciudadanos.

     Y Hacienda, al menos a la hora de castigar desmanes y tropelías, se ocupa con prontitud y prestancia de perseguir al pobre ciudadano de tres al cuarto que asfixiado por las deudas a las que le conduce un trabajo precario no cumple con cualquier mínimo requisito que se le demande, mientras busca hasta debajo de las piedras la forma de exonerar de culpa a los personajes de alto copete que todos conocemos, algunos hasta de añeja “sangre azul”, para que continúen campando  a sus anchas por este ruedo ibérico, viviendo de estafas y del cuento chino.

     Entretanto, millones de personas engañadas por cajas y bancos esperan con paciencia impuesta que el atajo de mangantes que les robaron su dinero, comandados al parecer por el que decían que era el más eminente Ministro de Economía que haber hubiera tenido por los siglos de los siglos y amén este país, den con sus huesos en la cárcel, paguen por su culpa y devuelvan hasta el último céntimo de lo que se metieron en la faltriquera sin que fuera suyo.

     Pero aquí no pasa nada o al menos así me lo parece. Chorizos, unos de poca monta y los otros de Cantimpalo, siguen, entre las voces y el griterío de los pobres damnificados que les  recuerdan a la menor ocasión a que clase pertenecen, esquiando en invierno, con el yate en alta mar durante el verano y sin atisbo de que vayan a atravesar los barrotes de la cárcel en la que por su honrado proceder debieran estar purgando los delitos que sin mesura han ido cometiendo y de los que, a buen seguro, se libraran con la ayuda de quien haga falta.

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Mientras, un olor pestilente a podrido se extiende por calles, rincones y plazas invadiendo nuestro vilipendiado suelo patrio y el mundo entero por los cuatro puntos cardinales asiste estupefacto al espectáculo de este circo en el que somos payasos dignos de la más excelsa mofa.