Te sientas en el sofá para ver La Sexta Noche o Las Mañanas de Cuatro, Al Rojo Vivo o el programa de Ana Rosa. Apoyada en un cojín, ves a esos autoproclamados periodistas y supuestos expertos en política internacional, en salud, en terrorismo, en el precio de un barril de petróleo independientemente de sus coordenadas de origen. Expertos en todo, expertos en nada. A veces, cuando estás ahí, sentada, mirando la #Televisión y escuchando a estos visionarios, alguno de ellos comienza a explicar algo sobre lo que tú sabes. Por estudios. Por  experiencia. Aunque no seas un experto o experta, o aunque lo seas, sabes. Y escuchas a esos “cuñados” (término más exacto en este caso que “expertos”) hablar y hablar… y equivocarse y no rectificar.

Opinando, la mayor parte de las veces sin criterio ni argumento, en tono despectivo, de sentencia, de grito que no admite respuesta.

Vemos los platós de televisión, donde se discuten los principales problemas de este país, invadidos por tertulianos circenses, que esgrimen mentiras con sonrisas a veces insultantes y lanzan sus pullas de desinformación con impunidad, comportamientos que parecen irrelevantes para las cadenas y la audiencia. Tan irrelevantes como el historial de condenas e imputaciones por difundir falsedades de muchos de estos “periodistas”. El último (y de nuevo) ha sido Eduardo Inda, imputado por relacionar  al diario Gara con ETA. En directo, en La Sexta Noche.

En el debate del pasado lunes, Pablo Iglesias trataba de calmar los ánimos con un “Parecernos a Inda y Marhuenda no es bueno”.

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Y no lo es. No lo seamos. No a nivel político, no a nivel mediático, no a nivel personal. No dejemos pasar sin filtro los datos que nos gritan desde la pantalla. No, no es bueno. No es bueno caer en danzas dialécticas inmorales, en un periodismo que ya no es periodismo, sino una burla, una broma, de una profesión que solía ser respetada. Y en mi caso, en el de muchos, reverenciada.

Vemos gráficos en portadas de diarios nacionales cuya exactitud y coherencia brillan por su ausencia, vemos como TVE le hace campaña en Twitter al PP sin disimulo alguno, mientras sus trabajadores, hartos, denuncian una y otra vez las manipulaciones que nuestra cadena pública aplica a sus informaciones. Vemos a Antonio García Ferreras cayendo en lo más bajo, en el fondo de un charco de sangre en una calle parisina. París. Una noche de incertidumbre, horror y consecuencias internacionales en la que ninguna cadena interrumpió la emisión de sus programas de entretenimiento, series o películas, que sin duda superaban en interés una tragedia de relevancia mundial.

Pero, por supuesto, quedan periodistas que respetan los principios de la profesión. Una profesión al servicio de la sociedad. Al servicio de la gente. De la verdad. Por supuesto que quedan, pero se les ignora. Demasiadas veces, se ignoran sus informaciones y, otras, se ridiculiza el verdadero trabajo periodístico, condenado por los altos poderes de turno al ostracismo. Al olvido. Periodismo, lo llamaban. Pero, ¿y ahora? ¿Cómo llamamos a esto?

 

 

 

  #Poder #Denuncia