La trayectoria de IU es un vaivén estrechamente ligado a la coyuntura social española.

 Si bien, el PCE –base de esta agrupación- se llevó la peor parte en la lucha contra la Dictadura, los españoles no supieron o atrevieron a “agradecerlo” en las urnas.

 Su enorme capacidad de convocatoria fue clave y decisiva durante ese periodo –ahora revisionado y cuestionado- al que la Historia llama Transición.

 Demasiados años demonizando la palabra “comunista”, tanto por parte de nuestro Timonel de la Dulce Sonrisa como de los americanos empeñados en eliminar todo aquello que oliera a “rojo”.

 Tan sólo con Carrillo o Julio Anguita, la agrupación tuvo una representación digna.

En mi opinión, eso creó un entramado que, como en todos los partidos, lo importante era acaparar algún cargo y así, su oligarquía se aferraba a los puestos que las bases les otorgaban.

Casi una gerontocracia dominaba ese granero que los apoyaba, pero no han sabido o han querido  crear o llegar a la opinión pública con un mensaje claro.

 También es cierto que en una España inmersa en una “Crisis de lujo del ladrillo, coche e hipoteca” es muy difícil convencer a una sociedad que vivía ciega y convencida de que dos enormes caraduras, como fueron Rato y Aznar, estaban permitiendo que todos tuvieran vivienda, coche y los jóvenes pudieran tener su raya los fines de semana a costa de un dinero que nadie sabe de dónde salió para repartir una riqueza abstracta para una futura miseria.

 La Izquierda no estaba de moda e IU se agarraba a su cuota uniéndose incluso al buen  vivir que ofrece el cargo y un Sistema que necesita para reafirmarse de algo que lo contradiga.

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 Alberto Garzón es lo único que le queda a esta formación que  también se ha visto afectada por la irrupción canalizada de la indignación y reflejada en Podemos.

 Está solo ante el peligro, luchando y haciendo campaña en soledad.

 No es de lógica y es inadmisible que el representante de una formación que tiene en su haber más de millón y medio de votos sea separada de cualquier debate televisado, cosa que humilla e infravalora a muchas voces que todavía tienen algo (y mucho) que decir; algo que siempre dijeron y no fueron escuchados.

 ¿Culpas?

 Una sociedad demasiado asentada en un bienestar que no escuchó a quienes intentaron abrirles los ojos, y unos dirigentes de esa Izquierda  que no han sabido conectar y se han agarrado a lo conseguido sin un mensaje convincente, mensaje que tiene ahora Alberto Garzón, pero está solo ante el peligro y con toda una tropa detrás que esperan a lo que saldrá para comer del pan de su trabajo.