Después de la noche electoral que ha dado alegrías a quienes esperaban conseguir grandes resultados en votos y escaños, y decepciones a quienes los esperaban mejores, el Parlamento necesita de saber adaptarse a las nuevas mayorías y gobernar, que de eso se trata.

En el PP, los veo muy preocupados, casi angustiados, creyendo que su líder y actual Presidente del #Gobierno, Mariano Rajoy, no podrá seguir en la Moncloa y o será relevado por una coalición de la oposición, o tendrá que dejar su cargo a alguien de su partido.

No obstante, el miedo a no tener mayoría absoluta, [VIDEO] como si no supieran gobernar de otra manera, les lleva a estar aterrorizados, y encima sin poder contar con la alianza, no gran cosa, pero más segura para ellos, de Ciudadanos, que ha quedado con un sabor agridulce en la boca por tener menos escaños de lo esperado.

Y no me vengan con la cantinela de la Ley electoral, eso lo saca cada partido cuando no gana, pero se olvida de ella cuando sí gana.

Me acuerdo, en lo de gobernar de manera difícil y nunca con mayoría absoluta, el Ayuntamiento de Barcelona le puede dar lecciones prácticas al Gobierno y a quienes le sucedan: desde las primeras #Elecciones municipales libres de 1979, jamás ha habido ningún partido con mayoría absoluta en el Consistorio barcelonés. Ni PSC, que estuvo de 1979 a 2011, ni CiU, de 2011 a 2015, ni tampoco Barcelona En Comú, actualmente en el poder.

En 36 años, Barcelona ha tenido alcaldes que se apoyaban en coaliciones, o gobernaban en minoría, e incluso llegaban a pactos puntuales con los demás partidos. Pero la ciudad ha funcionado bien así. Nadie avasallaba a los demás con su “rodillo parlamentario”, término hecho famoso cuando las mayorías absolutas del PSOE en el Parlamento estatal.

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Y he visto algo más de coherencia y saber llegar a acuerdos en Barcelona que en el Parlamento estatal, donde el partido en el poder trata de imponer sus ideas al resto. Quizá así no habría habido la nefasta Ley Mordaza, que sólo ha servido para que España sea comparada con la Rusia de Vladimir Putin o la Siria de Bachar El Assad, por no decir con la Venezuela de Nicolás Maduro, ante la cual la España del PP se siente superior.

Aunque haya sido el partido más votado en muchas provincias del país, el PP tiene que evolucionar más, para algunos sigue siendo un partido con estilo de otros tiempos.

No digo que se reciclen como sugiero a veces que debería hacer John Wayne si viviera actualmente, dejar de ser un señor con ideas morales de otro tiempo, capaz de quedarse soltero en “El hombre que mató a Liberty Valance” y ver que su amigo se lleva a la chica que le gustaba, y convertirse en un Gérard Depardieu, más pillo, más granuja si cabe, sobre todo con las mujeres, y recuperar a la mujer que le gustaba quitándosela al amigo.

Es simplemente que la España que ellos ven como ideal, más digna de un telefilme de Michael Landon, no funciona, hace falta otra. Ahora, muchos que votan al PP sueñan con ser Torrente, en secreto, claro.

Los nuevos partidos traerán aire fresco, unos más que otros, y han mandado al limbo a un partido que nació viejo, desfasado y caduco como UPyD, nostálgico de una España de otro tiempo, que caía en la incoherencia de defender los derechos de los homosexuales, pero a la vez defender la pena de muerte.

Ya hablaré en otro artículo del resto de partidos, que también tienen un reto enorme delante de ellos.