(*)  "Bina48: la primera mujer tecnológicamente inmortal"

¿Tal creador tiene que estar al "albur" de la opinión pública, del impacto social de sus ideas?

Precisamente la elaboración de la "teoría" necesita, en la mayor parte de los casos, un retraimiento, un cierto aislamiento para el encuentro con las "musas", con la inspiración.

¿Qué hubiera ocurrido si el creador de las eminentes obras literarias, y teorías científicas, hubiera "abandonado" ante su casi nulo impacto (como tantas veces ha sucedido), y no hubiese sido constante, hasta tozudo, en seguir construyéndolas, con independencia de su repercusión?... En contables ocasiones ese reconocimiento ha venido muchas veces más tarde, después de la muerte del autor.

El creador no necesita en verdad reconocimiento: es una fuerza interna lo que le impulsa. Ahora bien, ¿no puede ocurrir que ese "aislamiento voluntario" creativo, por otra parte, le haga "distanciarse" de la realidad, algo que en general no presenta muchos aspectos positivos?

A todo ello llamo las dos "tendencias opuestas" del hecho creativo, de otra forma: las "dos vías".

Ahora bien, yo diría que quien más pierde en esta situación no sería el propio creador, sino la propia sociedad en su conjunto, y si no de inmediato, sí en el transcurso del tiempo. Podría pensarse que el creador es feliz, simplemente, con la propia elaboración de su teoría, tan válida para él, esa satisfacción proporcionada por "aquella alineación", aquella consonancia con el "espíritu universal" que nos sobrepasa, ese mundo de las musas, y que formará ya parte, desde entonces, de su fe más íntima.

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Evidentemente, no echará de más algún reconocimiento de su obra, pero esto no es lo sustancial.

El peligro: ¡El ensimismamiento y con ello cierta pérdida de la realidad!

La primera vía es evidente para el creador, pero aún para él, la segunda vía es muy positiva para la evitación del del peligro citado: ¡El creador debe ser, en cierto punto, un estudioso del "entorno" que pueda afectarle!

En resumen, el ensimismamiento del creador no puede "velar" el necesario "baño" de realidad del mismo; su modestia debe permitirle tal esfuerzo de adecuación al entorno, sin merma de su propia inspiración.

Quizás por ello concluyó un día el filósofo, tras su largo periplo vital: ¡Sólo sé que no sé nada!