Aún recuerdo aquel fatídico 7 de enero de 2015 cuando los atentados ocurridos en las instalaciones del semanario “Charlie Hebdo” y el supermercado de comida “kosher”, soldados con la muerte de 12 personas, conmocionaron a la sociedad occidental. En los últimos años, ciudades como Londres, Bagdad, Estambul, Bombay, y, sin obviar, claro está,  el plató escenográfico de la tragedia del 11 M en Madrid, han sido el tablado de diversos grupos terroristas. Esta vez y, una vez más, el terror yihadista se había instaurado en París, convirtiendo lo que parecía una noche de diversión en un campo de batalla, un estadio en el que se jugaba el partido más importante, el de la vida y la muerte.

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Llegué a preguntarme en aquellos momentos, cuando las historias de las victimas saltaban a la luz: ¿hemos perdido la fe en la humanidad?, ¿cuántas veces más seremos presos de esa rabia, de ese odio que solo podría caber en una mente enferma?

En medio de la convulsión, dominada por un  panorama político en el que la Unión Europea se debilita mientras EEUU y Rusia intentan coordinarse para combatir el terrorismo yihadista, el hallazgo de un pasaporte sirio en el lugar donde se suicidó un terrorista en la noche del terror que sacudió París, alimenta los temores y complica aún más las soluciones a la crisis humanitaria de los refugiados que huyen de la guerra civil en Siria e intentan llegar a Europa en busca de pan y libertad.

La respuesta militar de Francia y sus aliados contra el llamado “Estado Islámico” no logra alcanzar una derrota significativa y en la hoja de ruta, Bamako, la capital de Malí, ha firmado su sentencia en lo que sería un capítulo más en la lucha contra el radicalismo islámico, una semana después de lo ocurrido en París.

Tras el auge de Al Qaeda en Irak y una década después de los atentados terroristas del 11 S en Estados Unidos parece que ha llegado la hora del dominio “absoluto” del Estado Islámico, que en su ansia de guerra, ha sumado a las 130 víctimas de París otras 19 en la capital de Mali. Y, como si fuera poco, como si la matanza cometida el 13 N en la capital francesa no podría justificar lo suficientemente el anhelo de combate contra Europa, contra los valores de libertad, igualdad y fraternidad, al otro lado de la frontera, Túnez ha firmado también su capítulo.

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Lo ha hecho, probablemente, por el contagio de países vecinos, que condujo a una implantación cada vez mayor del yihadismo en el territorio, a pesar de ser el único país que culminó su transición hacia la democracia tras la primavera árabe. Y digo, probablemente, puesto que en esta cruzada no hay estrategia alguna para la elección.

En medio del miedo y la confusión, lo que predomina el panorama internacional  es el conflicto entre mundo y el fanatismo, ese radicalismo islámico, cuya seña de identidad traspasa los muros, ni mucho menos infranqueables, de una guerra “inevitable” que pretende acabar con la democracia.

Y, ¿cuántos capítulos más?, me pregunto.