No, no…no es un slogan de campaña.

Realmente Rajoy pide el cambio; sentarse en el banquillo y observar el partido desde la grada.

A pesar de su apariencia esquiva, tímida y de niño reprimido, nuestro Presidente es una persona –porque es persona- exacerbadamente  narcisista.

Controlador y frío en su máxima expresión; y lo demuestra el hecho de que, con la que le ha caído no se haya alterado en lo más mínimo. Con su actitud flemática convence al electorado - y casi al que no lo es- de que lo que ocurren son minucias, de que toda red de Corrupción que él ha apoyado, de que su nombre aparezca en unos papeles como cobrador de sobres, de que se haya saltado el programa electoral y todas sus promesas…son “cosas que pasan”.

 Su partido lo ha necesitado por esa razón, eleva a la categoría de simple fechoría lo que debería ser motivo de una Revolución a la francesa; y lo hace con esa apariencia calculada de niño tonto al que por lástima nadie quiere dar dos tortas, aunque su tontuna sea ya insoportable para el grupo.

 Rajoy ha cumplido ya su sueño, su cota máxima era ser Presidente y lo ha sido.

Lo ha sido y lo es no por razones patrióticas sino de vanidad personal. No quiere ni ha pretendido demostrar nada a nadie sino a si mismo, y lo ha conseguido.

Ahora, en lugar de luchar por una renovación pide el cambio. Su no asistencia a los debates y sí a otros eventos lúdicos demuestra su falta de ilusión en ganar el partido.

 Está cansado de ser punto de mira, de mantener la flema que tanto éxito le ha proporcionado.

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Ahora quiere desmelenarse, vivir, ver un buen partido de fútbol fumándose un puro y volver a la vida de bon vivant que antaño fue.

La vida es corta y ya no tiene más que escalar, lo sabe.

Un Consejo de Administración lleno de jóvenes asesores y él con su erótica del que tuvo poder; eso le espera, eso desea. En el fondo todo buen narcisista es también hedonista.

Un caso raro de persona que no soporta más la zalamería que es innata en los que rodean a un personaje con su poder. Prefiere empezar de nuevo y sumarse, al estilo Aznar o González, a los opinadores que son pilares del Estado junto aun Rey de los que siempre aparecen bien en la foto; aunque su fealdad moral consiga que muchos nos asustemos al mirarlos.