Pasan los días y lo que se vislumbraba al principio como posible, se tornó en probable y anoche en noticia: Francia bombardea posiciones de ISIS en Siria como respuesta a los atentados del 13-N en París. Violencia preventiva, violencia para evitar la violencia. Francia, Europa, occidente, la democracia, la libertad están en guerra, pero ¿contra quién? 

Se entremezclan términos genéricos para definir una realidad compleja y desconocida, reducida a conceptos sencillos y equívocos para su correcta y conveniente digestión en las democracias occidentales. Somos lo que sabemos, y caminamos entre tinieblas ávidos de respuestas complacientes que apaguen nuestro miedo más primario: tememos al otro, a quien no es como nosotros o, sencillamente, a quien pertenece a una realidad que no es la nuestra y que desconocemos por completo, padecemos de heterofobia.

No se integran, no renuncian a su fe ni a sus tradiciones ni costumbres, viven en guetos apartados donde solamente hablan su lengua.

Les tenemos miedo: ¿Qué dicen? ¿Conspiran? ¿Nos tienen miedo? Nos odian, seguro que nos odian, por eso no se integran, por eso nos matan, por eso el 11-S, el 11-M, el 7-J, París y otros tantos que hubieron y que todavía vendrán. ¿Por qué tanto odio?

Pasan los días y se reduce el miedo: los cuerpos de seguridad del estado francés y belga trabajan bien: hacen registros, investigaciones, detenciones. ¿A quién se detiene? Son radicales, terroristas, yihadistas, cada vez conocemos más sinónimos, algunos padres, hermanos, primos de los que se inmolaron en París. Nadie lo vio venir: ni la policía, ni los servicios de inteligencia ni mucho menos los vecinos. Tal vez usted se sentiría mejor si alguien vigilara a esa gente, ¿no? Tal vez deberían vigilarnos a todos, por nuestra propia seguridad, los que no cometen delitos no tienen nada que temer y, por supuesto, mucha más policía en la calle.

Vídeos destacados del día

En nombre de la libertad pasa usted controles en los aeropuertos, se descalza, deposita sus enseres en una bandeja y puede ser cacheado al azar por un agente de seguridad. ¿Era esa la solución? El mayor atentado terrorista de la historia de España se produjo en trenes de cercanías: usted nunca pasó un control de seguridad en una estación de cercanías, ni tampoco lo pasará, ni en el metro, ni en los restaurantes, ni en las discotecas. Francia empezó ayer a bombardear posiciones estratégicas en Siria, pero los bombardeos sistemáticos o la guerra y la peor postguerra en Irak después del 11-S tampoco impidieron el 11-M, ni el 7-J ni París.

Pasan los días y se escuchan, se leen, comentarios críticos. Ni los buenos éramos tan buenos, ni los malos son tan malos. El Estado Islámico o ISIS o DAESH, ¿quiénes son? ¿Quién les da armas y apoyo logístico? ¿Quién debería combatirlo y no lo hace, o no lo ha hecho hasta ayer? Este rompecabezas de quién apoya a quién, cómo, cuándo y porqué está lejos de ser entendido por el ciudadano pedestre común, cuyo espíritu crítico ha sido convenientemente lobotomizado y aburguesado por la abrumadora propaganda de las bondades de la democracias liberales occidentales y cristianas, según convenga, y por el absoluto fracaso de la Historia en su vano empeño de imponerse a los medios de comunicación de masas en su lucha por restaurar el criticismo en cada hogar del mundo civilizado.

¿Hay alguna solución? Si la hay, no reside en los atajos de violencia debidamente racionada a gusto del consumidor audiovisual, sino en la base de la Educación y la Enseñanza.