Hubo un tiempo en que las guerras las hacían los guerreros, cara a cara.

A campo abierto se abrían los unos a los otros las entrañas.

Hubo otro tiempo en que los proyectiles se convirtieron en alivio del soldado: mataban rápido y cesaba el sufrimiento.

El Hombre excavó interminables zanjas para despistar a la Muerte; pero el cuerpo a cuerpo era inexcusable. 

Hitler y sus generales aprendieron de aquello y recortaron las batallas, la guerra relámpago acortaba el sufrimiento, lo ceñía y condensaba en unos pocos días para, cuanto antes, disfrutar de sus victorias.

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Los generales españoles no supieron o no pudieron usar esa táctica; pero sus guerras se ganaron con el miedo, no por las bajas o los avances de sus tropas. Nacía la guerra psicológica que mostraba la falta de honor y respeto al adversario como en pasadas épocas y mostraba a un enemigo sin piedad, luego mataba y escondía su felonía para que el miedo paralizara cualquier intento de lucha.

Hoy, esos muertos todavía son testimonio de cuál es la mejor manera de silenciar a los guerreros. Ellos convirtieron lo que algunos consideraban el Arte de la Guerra en Terrorismo.

Hoy, las guerras son como un partido de fútbol en los que los 22 llevan la misma camiseta.

En todos los atentados presuntamente cometidos por islamistas, queda siempre una sombra de duda de quiénes fueron realmente los autores y qué beneficio obtuvieron de ello.

Los ciudadanos europeos perciben ya un extraño olor a mentira en el conflicto sirio, una puesta en escena del llamado Estado Islámico que junto al terror comunista de Kin Jung-Un se nos vende mediáticamente como el zénit de la maldad humana.

Pero ahí están los Estados que nos protegen, ahí encuentran su razón de ser, en base a nuestro miedo; miedo que se produce o se inventa.

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Miles de sirios huyen de una guerra, miles de palestinos son aplastados en lo que fue su tierra; aviones siembran de muerte aquellos territorios en los que nadie enseña cadáveres de inocentes.

¿Habría que preguntarse a quién beneficia esta barbarie? La repuesta no es difícil.

París ha vuelto a conocer el hedor de la muerte, pero no debemos distinguirlo del hedor que se siente en la otra ribera. Ni escuchar a los falsos profetas que vomitarán rabia por su podrida boca para calmar a un Pueblo que necesita un culpable inmediato para curar la herida del horror.

Hoy no es un día para estar de buen humor; pero sí para tomarnos un minuto para cuestionarlo todo.