Pertenezco a ese amplio grupo de mujeres de veintitantos que está soltera. Soy y estoy soltera por convicción y elección. Por elección porque, aunque cada uno puede hacer y pensar como quiera, soy de las que creo que tener una pareja por no estar sólo es algo más triste que la propia soledad. Llamadme romántica. O rarita. Como queráis. 

Pero también soy de la idea de que una de nuestras metas vitales es encontrar el amor. Es una imposición biológica. Somos animales sociales, nos gusta estar acompañados, sentirnos queridos y querer. Así pues, tras 5 meses de sequía sentimental, y sin previsiones de que eso cambie a corto plazo, decidí hacer caso a otro amigo soltero y convencido que está en busca y captura (aunque la versión oficial es que ahora está centrado en su carrera) a través de las Apps de citas

Además de romántica y rarita también podéis llamarme arcaica o apocalíptica; ya que soy bastante contraria al uso de este tipo de webs, y soy una creyente ferviente de que ahí encuentras muchas cosas pero no el amor.

Mas también soy de las que piensa que no se puede juzgar sin probar, por lo que hace una semana aproximadamente me lancé a probar el amplio, engañoso y loco mundo de las citas y amor virtual. Puede que mi mala experiencia sea fruto de una mala elección de App, pero tras 5 días salí con menos fe en encontrar el amor, con más aversión hacia el género masculino de mi generación y más reafirmada en mis ideas contrarias a mi presencia en estas webs.

Gente rara hay a montones, como en todos los sitios (anda que no he visto tios raros bailado, en el mejor de los casos, en bares y discotecas); mentirosos que pillas en dos minutos también abundan; e imagino que gente buena y normal también habrá, pero yo no tuve el placer. Pero el que más traumatizada me dejó fue un ciclista. La App en la que tuve el sino de registrarme además de su catálogo de carne, basado en la elección con tan solo la foto de perfil y la ciudad como datos facilitados para la elección, cuenta con una especie de red social interna en la que publicar fotos nuevas, estados, ubicaciones, pensamientos...

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El ciclista en cuestión subió a su perfil (público para todo usuario de la App) una fotografía de una ínfima parte de su torso y una buena porción de paquete; enfundado en unas mallas de ciclista blancas (que poco me gustan los hombres en mallas, y menos blancas, El Lago de los Cisnes y Peter Pan acuden a mi mente en una milésima de segundo cuando los veo) que dejaban bien a la vista una orgullosa erección. Tan directa declaración de intenciones tenía como título "después de montar en bici". Sin tiempo para salir de mi sock me llegó un mensaje suyo pidiéndome mi WhatsApp para conocernos mejor, así, sin saludos ni nada. Mi yo más puritano y exigente salió a la luz diciendo que yo no daba mi número de teléfono tan gratuitamente. El final de la conversación fue rápido y traumático, ya que no conseguí que el muchacho entendiese que dar mi número de teléfono y WhatsApp es lo mismo. Moriré soltera.