El límite entre lo público y lo privado siempre ha sido difuso, más aún, si en el medio hay dinero y en grandes cantidades.

No hace mucho, el periodista español Jaime Peñafiel, recordaba cómo habían llegado a sus manos las fotos de Francisco Franco hospitalizado. Peñafiel evitaba mencionar quién se las había vendido, en octubre de 1984, porque su relato se centraba en varias paradojas que rondaron, antes y después, a las fotografías. Las imágenes de dictador agonizando en la cama del hospital La Paz se compraron por aproximadamente 15 millones de pesetas, algo así como 266.000 €. El periodista, eximido de culpa y cargo, declaraba que volvería a comprar y publicar esas imágenes.

Ese mismo año, la justicia argentina condenaba a un medio gráfico, por haber hecho públicas fotografías del político Ricardo Balbín hospitalizado. La resolución estimó que se había violado la intimidad del político y la de su familia. Un fallo que sentó precedente para el trato que luego habría de darse, desde la prensa, a lo público y a lo privado.

Los responsables de las revistas donde ambas fotografías fueron publicadas, alegaban ideas similares, el fallo está en quién realiza las imágenes y luego las vende, no en quien las hace públicas. Y es que el debate ante esa línea sutil parece esfumarse cuando diarios revistas, cargados con imágenes controvertidas (cuando menos) duplican sus ediciones.

 

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