En la última semana el terrorismo ha golpeado duramente en distintas partes del planeta. El 12 de noviembre, Daesh llevaba a cabo dos atentados: uno en Beirut, que dejó 43 víctimas mortales y 237 heridos, y otro en Bagdad, durante un funeral, en el que fallecieron 19 personas y 40 más resultaron heridas. El día siguiente, 13 noviembre, tuvieron lugar los ataques simultáneos en París, también a cargo de miembros de Estado Islámico, que concluyeron con 129 víctimas mortales y 221 personas heridas. Finalmente, el pasado viernes 20 de noviembre, la escisión de Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) liderada por Mokhtar Belmokhtar, Al-Mourabitoun, asaltó un hotel en Bamako, la capital de Malí.

170 personas fueron mantenidas como rehenes hasta que el asalto de las tropas malienses al edificio finalizó con 27 de los rehenes fallecidos.

Por tanto, nos encontramos ante una guerra entre ambas organizaciones que puede tener consecuencias fatales para las poblaciones de todos los países en los que operan. Este enfrentamiento entre ambas facciones comenzó desde que Al-Qaeda Central designaran al Frente Al-Nusra como la franquicia oficial de Al-Qaeda en Siria, desautorizando así al Estado Islámico de Irak y Siria.

El escepticismo hacia la rama iraquí por parte de los líderes de Al-Qaeda venía de antiguo, debido a los métodos empleados por Al-Zarqawi en Irak durante los años de la ocupación estadounidense, que terminaron granjeándole la oposición de la mayor parte de la población suní de Irak.

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La desautorización como representante oficial de Al-Qaeda en Siria provocó que el Estado Islámico de Irak y Siria se independizara, convirtiéndose en el actual Estado Islámico.

Este enfrentamiento se ha manifestado de forma directa en choques entre los militantes de ambas organizaciones en territorio sirio. Pero además de la lucha directa, existe una lucha intelectual entre ambas organizaciones. Al-Qaeda sigue basándose en la sustancia religiosa y en su interpretación intelectual del yihadismo global para llevar a cabo su lucha, persistiendo en la importancia del enemigo lejano como objetivo a batir y mostrando cierto pragmatismo a la hora de desarrollar su actividad en territorio “amigo”. En este sentido, pese a su retórica anti-chií, Al-Qaeda nunca se ha mostrado partidaria de la comisión de las masacres de ciudadanos musulmanes y otros grupos étnicos como las cometidas por Daesh, pues ha entendido que su existencia dependía de la aprobación de su lucha por la población local. Por el contrario, Daesh ha preferido consolidar una base territorial desde la cual golpear otros objetivos más lejanos, sin escatimar para ello en el uso de todos las medidas a su alcance, incluyendo aterrorizar cada población que encuentran a su paso y la matanza indiscriminada de musulmanes.

A diferencia de Al-Qaeda, su ideología carece de un desarrollo intelectual que la sustente, basándose en nociones vagas e interpretaciones confusas de la doctrina islámica, que le han valido para sumar a sus filas no a convencidos islamistas sino a criminales puros y duros. Sin embargo, su uso de las redes sociales e Internet le están haciendo ganar la partida frente a la más tradicionalista organización de Al-Zawahiri.

Por ello es necesario preguntarse por la naturaleza del ataque de Al-Morabitoun. ¿Estaba programado de antemano o es una respuesta directa a los ataques de Daesh en París? Probablemente, no conozcamos la respuesta, pero existe cierta inquietud porque Al-Qaeda decida dar un paso más en su lucha contra Daesh por la hegemonía en el yihadismo global. Sin embargo, los costes de adoptar esta estrategia pueden ser muy altos para Al-Qaeda, que ya ha demostrado su resiliencia a través de franquicias locales como AQMI o Al-Qaeda en la Península Arábiga (AQPA). Lo más probable es que los líderes de Al-Qaeda Central decidan esperar a ver qué sucede con la ofensiva occidental sobre Daesh, pues, cuando el Estado Islámico se derrumbe, ellos estarán ahí para volver a tomar el relevo.