Panfletos que cubren España de colorines, calles teñidas del tinte que toque, anuncios en la tele pidiendo su voto, buzones con programas electorales e infinidad de debates en diversos medios de comunicación. Los que no hablaban, ahora lo harán, y los que antes no sonreían, también. Pero, ¿Hasta dónde nos tenemos que creer? Si nada ha sido así, ¿Por qué nos quieren hacer creer que ahora sí será así? Sabemos que no cumplen muchas cosas de lo que prometen. Ninguno. Ni la derecha, como se ha visto con el Ejecutivo de Rajoy, ni la izquierda, como se ha comprobado en Grecia. Aquí da igual el color. ¿Por qué no comprometer a los políticos a cumplir con sus programas electorales? ¿Por qué no sancionar al que incumpla lo prometido? Quizás sea demasiado utópico

Pero viene.

Pese a que sepamos cómo es, insisten. Y no queda más remedio. No es pesimismo, es resignación. Aquel niño que ruega a su padre que le devuelva la pelota, pese a haber roto dos cuadros. El chiquillo insiste, “dame la pelota, no vuelvo a romper nada”. El padre, sabedor de que si le da la pelota al chaval jugará y, por lo tanto, correrá el riesgo de que vuelva a romper algo, se la vuelve a dar. Pero, ¿Por qué no dar un ultimátum? ¿Por qué no acordar con el chaval que, si vuelve a romper algo, se queda sin pelota? Parece mera lógica…

Es comprensible que el entorno varía, y el contexto inicial puede girar hasta ciento ochenta grados. De acuerdo, ¿por qué no hacer una consulta ciudadana también vinculante? No parece ninguna frivolidad, creo. Pero seguro que hay opositores a la idea. Es cuestión de otorgar valor al voto que, dentro de dos meses, confiaremos a la suerte de lo que el votado decida hacer con él.

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Hoy, una vez elegido, lo prometido, nunca es deuda.

Es sólo una pequeña y humilde idea, ya antes propuestas en diversos lares; pequeñeces, pero molesta que el tierno colorido que tiñe el país no sea más que un decorado de promesas que rara vez se cumplen. Prefiero un austero e-mail con compromisos, que un confeti de palabras que se lleva el viento.