Hay guerras y miseria, hambre y codicia, injusticias y demasiados atropellos imperdonables. Hay, en nuestro mundo, engaños insostenibles que se dilatan de una manera incomprensible, que perduran, y que acaban convirtiéndose en verdades absolutas. Cuánta falta de disciplina moral. Ante tanta barbarie, ante este desasosiego continuo, que no se parece a la pereza ni al tedio, sino más bien a un ansía de disgusto o de malestar, incluso de desesperanza, se expande y reina la nada.

Hoy la nada es Arte y todo es prescindible, escurridizo, temporal. Las sociedades, más o menos avanzadas, más o menos atrapadas en sus propias fobias, siguen inmersas en esa eterna búsqueda de la belleza, sin la que es imposible vivir y por la que somos capaces hasta de matar.

Ya lo dijo Robert Hughes, el aclamado e irreverente crítico de arte, que la gente necesita de la belleza, que existe un anhelo por encontrarla "en medio del ruido de la imaginería visual que nos rodea", y que por eso buscamos incansablemente zonas de silencio y de contemplación, espacios de pensamiento libre en los que relajar la mente y aprender a contemplar. ¿Podríamos vivir sin la belleza?

La belleza se nos muestra sin ambages ni ornamentos en la propia naturaleza, en ese verde primaveral e inimitable de los árboles al amanecer, en la pausa sensorial de la lluvia al golpear los cristales. Pero la belleza, además de armonía y perfección, puede ser el resultado de la destrucción, del odio y hasta del terror. La belleza tiene esa cualidad ambigua, la de asombrar y la de dañar al mismo tiempo, la de mostrarnos las conquistas del ser humano o sus propios monumentos al horror.

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La posmodernidad trajo la conceptualización al mundo del arte. Y ésta llegó para quedarse.

No obstante, y aunque parezca evidente e incluso reiterativo, diré que la belleza también se puede provocar. De hecho, en esa continua provocación se basa el arte, en cualquiera de sus formas, ya sea en la literatura o en la música, en la pintura o en la escultura. El artista, movido por instintos, por ideales más fuertes que la propia lógica o el propio entendimiento, crea aquello que necesita, que en última instancia ansía. Hay numerosos y polémicos ejemplos a lo largo de la historia. Ya sea a partir del ideal de belleza clasicista o de la revolución modernista que nos descubrió Manet con el retrato de su Olympia, que miraba inquieta y ambigua, con una intencionalidad sexual que desbordaba la propia pintura. O incluso el atrevimiento de Coubert al pintar L’origine du monde, no tanto por el realismo del sexo femenino sino por el encuadre de la pintura.

Con un rápido vistazo a la historia del arte, tan variable en su esencia, uno llega a comprender por qué la belleza se considera el aspecto más relativo dentro de la teoría de la relatividad, difusa y voluble a la par que sorprendente e intrigante.

Las normas estéticas son las más difíciles de estipular, y por ello, aún hoy, en pleno siglo XXI, el consenso es inexistente. A estas alturas, la idea de Belleza fluctúa sin un rumbo fijo, y quizá debido a la obstinación por definirla, los artistas contemporáneos fijan las cualidades estéticas en aquello que tienen más cerca, es decir, en la cotidianidad de su propia realidad asfixiante.