Actualmente, gracias a los cambios sociales, institucionales y educativos que se han producido, el trato que reciben las personas con diversidad funcional es muy diferente al de antaño. No obstante, a pesar de los grandes principios de nuestras normas, los niños con diversidad funcional tienen que afrontar en nuestra sociedad graves situaciones de desigualdad que hacen que les sea mucho más difícil que a los demás conseguir llevar una calidad de vida que les permita desarrollar al máximo posible sus capacidades y potencialidades, alcanzar en la mayor medida posible el libre desarrollo de sus personalidades.

Para ello, la Educación y, por tanto, el sistema educativo responsable de ella, no puede quedarse al margen.

No olvidemos que el nivel de calidad que puede ofrecer un sistema educativo no se mide únicamente por los logros alcanzados por aquellos alumnos que se pueden considerar “bien dotados” sino, sobre todo, por la capacidad que tiene dicho sistema a la hora de ofrecer, proponer y aplicar un diseño y una práctica educativa capaz de dar respuesta a la diversidad de capacidades, ritmos de desarrollo, intereses y motivaciones de todo el alumnado.

Por tal motivo, debemos hablar de una escuela para todos, en la que los niños con diversidad funcional puedan compartir sus experiencias con sus iguales, y alcanzar para ellos el mismo fin básico que la educación ha de conseguir para todos y todas. Por ello, ningún niño debe ser marginado o apartado de las actividades lúdicas y/o deportivas a causa de una diversidad funcional, a menos que existan contraindicaciones que así lo aconsejen, pues cuando se excluye a un niño de un juego a causa de su diversidad funcional, de su diferencia, le están privando de una fuente de relación y de formación a la cual tiene derecho.

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Como parte de su compromiso de propiciar una vida sana y una educación de calidad, en el Período Extraordinario de Sesiones de las Naciones Unidas sobre la Infancia, en mayo del 2002, los líderes se comprometieron a “promover la salud física, mental y emocional de los niños, incluidos los adolescentes, por medio del juego, los deportes, actividades de esparcimiento y la expresión artística y cultural”.

Del mismo modo, en muchas ocasiones, los adultos tenemos la idea de que hay que aprender y trabajar, hay que adquirir unos conocimientos, y no hay tiempo para jugar, olvidándonos cuáles son sus necesidades y derechos como niños, entre los que se encuentra el artículo 31.1 de la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, “el niño tiene derecho al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes”, y el artículo 30.5 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que indica que las personas con diversidad funcional deben poder participar en igualdad de condiciones con los demás, en actividades recreativas, de esparcimiento y deportivas.

Asimismo, de acuerdo con el artículo 1 de la Carta Internacional de la Educación Física y el Deporte de 1978, “la educación física y la práctica de los deportes son un derecho fundamental de todo el mundo”.

Estamos convencidos de que un niño con diversidad funcional se sentirá más cohesionado socialmente si participa de los juegos o practica deporte junto a sus compañeros. Jugar a lo que todos juegan es mucho más que eso. Es apostar por el respeto a la diversidad desde una realidad lúdica y educativa".