Los pronósticos volvieron a fallar. Haruki Murakami, favorito candidato a ganar el Premio Nobel de Literatura, volvió a perder. Sí, perdió. Y es que al final va a ser eso cierto de que los candidatos a llevarse el premio solo lo saben los integrantes de la mesa redonda sueca. Lo que digamos los demás no son más que especulaciones. Pero, independientemente de quién haya sido el ganador de este año (Svetlana Alexievich), lo que interesa aquí es tratar de responder a la siguiente cuestión: ¿por qué Haruki Murakami siempre suena para ganar el Nobel de Literatura y nunca lo logra? 

Habiendo leído cinco Libros del autor nipón, destaco sobre todo Tokio Blues y Al sur de la frontera, al oeste del sol, en los que aparecen elementos que se han convertido en marca del autor: jazz, sexo y comida japonesa.

En todas ellas no se duda de su talento literario. Pero, ¿es esto suficiente para ser candidato y ganador del Nobel? Claramente, no. Y es en este punto donde quiero destacar su obra autobiográfica o ensayística De qué hablo cuando hablo de correr, en la que el japonés relaciona su vida como novelista con su afición por el running. Aquí veríamos al verdadero autor, a un hombre de carne y hueso que se narra a sí mismo. Con esta obra descubrimos que Murakami es un hombre que se propone lograr diferentes retos. Sí, así es, retos. Ya sean retos de correr o retos de escribir. Lo que es innegable es que Haruki es de los que se esfuerzan, de los que trabajan incansablemente para obtener su particular recompensa. No obstante, en dicha obra expone cómo escribe para sí mismo, y no para los demás. Él, en realidad, se considera un lobo solitario, muy individual, y sus libros no pretenden satisfacer a las personas que los leen, ni tampoco generar moralinas en sus mentes.

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Tampoco pretende reflejar e interpretar etapas trágicas del pasado (como sí han hecho los últimos premios Nobel). Quizá esta sea la clave de su no consecución del premio.

La tarea del escribir se presentaría para Murakami como una especie de terapia psicoanalítica en la que no pretendería decir nada al mundo, sino más bien ayudarse sí mismo a través de sus historias de ficción. En este sentido, Murakami no se siente escritor vocacional. Él escribe por una necesidad de conocerse a sí mismo y a su entorno. Podríamos decir que es el perfecto autor egoísta, el que no escribe por un bienestar social ni por un progreso de la humanidad. Estas preguntas ni siquiera inundan su cabeza, ni tendrían por qué hacerlo. Murakami es el que es, punto. No necesita el Nobel para decirse a sí mismo que ha logrado la mayor meta de su vida. Su reto no es ese, su meta no es esa.

Murakami no está hecho para ganar este premio. No porque le falte talento, no porque no sea bueno escribiendo. Simplemente no escribe para ganarlo. Su literatura y su persona distan mucho de lo que la mesa sueca exige de un Nobel de Literatura. Por ello, y no por otro motivo, Murakami siempre será el eterno aspirante.