El Raval no tiene sol, es húmedo y a eso huelen sus casas y sus calles: a humedad de ropa tendida en los balcones, a la humedad de las almas secas que llegaron buscando el mar y fueron encerradas en el frío de un barrio de leyes inconexas.

Aurora se ha levantado temprano hoy, anoche apenas trabajó ¡Esta maldita crisis!  El café humea y sustituye todos los olores de la casa convirtiendo el momento en acogedor.  El cigarrillo, el primero de la mañana para que la muerte sea más lenta. Se enciende con un viejo mechero regalo de un viejo cliente al que pudo conseguirle una erección después de más de dos años sin poder lograrla.

Ella hubiera preferido flores; pero, se marchitan rápido, en cambio el mechero forma parte del ritual de cada mañana. Aquello fue toda una proeza.

En el balcón, café, cigarrillo, vestida con su bata negra adornada con un dragón rojo y su hermoso pelo negro suelto, al aire, al poco aire que circula en una mañana como todas las mañanas: estéril.  Otro café, otro cigarrillo y la "tele"; por ver cómo es el otro mundo que ella sueña, el que está lejos de las calles estrechas y con olores violentos que conoce y habita.

Aurora está derrotada, ya es esclava de su destino y cree que no hay otro más allá del televisor.  En él viaja con la Montero cuando España tiene frío o cuando algunos sabelotodo discuten sobre quién mató a una pobre niña adoptada  en Galicia, en la tierra de donde llegó a buscar un mar al que las viejas murallas de Barcelona le impidieron llegar.

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Hoy, una señora que parece una de esas maestras que intentaron enmendarla en el internado, chaqueta gris y discurso pausado pero firme, está dirigiéndose al Parlamento Catalán.

Aurora, a pesar de entender el idioma, no acierta a descubrir las intenciones oratorias de esa señora que trasmite una escondida emoción de ritual, como sabedora de que logrará pasar a la Historia por unos textos sin contenido, burdas copias de sus deseos que emite a unos receptores que escuchan lo que quieren oír o lo que no; deseos que no pasarán –y ella lo sabe- de los cuidados tapices de un lugar en que se escuchan las palabras, pero se encierran y entierran para siempre. Es, como un pequeño teatrillo, de esos en los que Aurora viajaba a otros mundos y lograba tener sentimientos y sueños de princesa hasta que bajaba el telón.

Las palabras de esa maestra no llegarán nunca a El Raval, como nunca llegaron antes ni antes de antes. No tienen en cuenta la miseria, sólo las guía la megalomanía de querer ser parte de una Enciclopedia en la cual se muestran todas las vidas, menos las de Aurora.

Se sirve otro café y enciende otro cigarro como para alargar el momento en que puede ser ella misma. La maestra dice algo en el televisor: ¡Visca la República Catalana!  Aurora, esboza un pequeña y efímera sonrisa; sólo se ríe a carcajadas cuando los carajillos la envalentonan para seguir la noche. ¡Menudo anuncio de Ikea más largo y cansino el de esta maestra! -concluye.

Después pasará por la casa de su casera por si le da unos días más para pagarle el alquiler de una casa repleta de miseria y humedad. Aquella que unos cantos de orgullo patrio no van a cambiar y aquella en la que después de Aurora habitará otra mujer que perderá sus ilusiones entre humedades y olores viciados de orín que sólo cubre el aroma del café de la mañana. 

 

 

  #Cataluña #Corrupción #Artur Mas