Curiosas  -cuando menos-  las palabras de este Cardenal tan dado a dar el espectáculo, tanto con sus vestimentas como con sus deducciones.

Desconozco la opinión al respecto del Espíritu Santo; entre otras cosas porque nunca he sabido qué era ese invento de la Jerarquía Católica, no de los auténticos cristianos, seres extinguidos ya por completo.

Analizando los Evangelios (aquellos  que la Iglesia permite leer) uno descubre a un protagonista principal con sandalias de pescador; nunca vestiría una capa de interminable longitud para dignificar su figura y sentirse por encima de todo y de todos; cuando, en realidad, su soberbia –cosa que es pecado para ellos- lo empequeñece, lo hace menguar hasta convertirse en una ridícula y patética imagen más cercana al Sanedrín judío –los que juzgaron a Jesucristo- que al que Él que debería seguir como Maestro puesto que de Él vive en el sentido material y está muy lejano a Él en el espiritual.

Decir que la unidad de España la obró el Espiritu Santo suena igual que las predicciones de esas brujas que aparecen en la madrugada por televisión engañando a pobres infelices que esperan poder oír unas palabras de aliento a cambio de unos euros ganados con mentiras.

Este país tiene como patrón a un Santo que aparecía en las batallas durante la Reconquista que culminó con esta unidad. Dicho santo, espada en mano, andaba entre los soldados cristianos matando a todo moro que se le interpusiera y echando una mano en la construcción de esta “unidad”.

El santo descansa ahora en una hermosa catedral; está más tranquilo y sosegado después de decapitar a miles de moros infieles y sembrar de sangre los campos de Castilla en muchas batallas que en ocasiones se inventaban para elevar la moral de la tropa.

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Ejército e Iglesia caminan por la Historia de España de la mano, usando a un personaje, discípulo de otro que dijo aquello de “amaros los unos a los otros…”

Que yo tenga constancia, no dijo nunca “cortar la cabeza a los infieles para que España sea una Nación…” Lo que la Iglesia ha hecho, paradójicamente, es algo que sus preceptos castigan: usar el nombre de Dios en vano.

Y ahí está, incrustada como un cáncer en nuestra sociedad que no puede elevar el vuelo mientras tanto españolito siga con el cuento de la superstición y creyendo en talismanes en forma de cruz para que se resigne cuando vea que alguien sufrió más y creó esta España de 500 años de injusticia en la que algunos no quieren encontrar al poeta porque creen que los mártires les pertenecen para seguir sembrando carteras con estampitas en lugar de versos.