Ya hemos oído el otro día a Felipe González descolgarse con comparaciones absurdas sobre Catalunya, el proceso y el nazismo, aunque contara con aduladores como el líder del PSC, Miquel Iceta, que llama desesperadamente a defender al ex líder del PSOE. No es de recibo esta actitud, que parece más de alguien que tiene nostalgia del protagonismo perdido de antaño, sobre todo cuando fue el Presidente del Gobierno central más longevo de la joven democracia española.

 

Pero hoy nos encontramos con otra absurda idea y proposición político-electoral: la del PP, que intenta hacer una reforma en las leyes, incluyendo al Tribunal Constitucional para suspender de sus funciones al Presidente de la Generalitat de Catalunya, Artur Mas. Otra de las torpezas de esos asesores que tienen los jerifaltes de cualquier partido, incapaces de acertar.

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La presión que padece el Tribunal Constitucional desde siempre ha sido brutal, por parte de los partidos y sus medios de comunicación afines, si no han sacado sentencias del gusto de ellos.

Es verdad que también hay algunos miembros del mismo que han demostrado una manera de ver la vida más bien anticuada, como añorando ciertos valores morales de otra época. Ello se ve en cómo actúan u opinan cuando hay algunas Leyes que aún esperan sentencia y que algunos partidos montaron campañas contra ellas, sobre todo de carácter moral o religioso, como la de Matrimonios Homosexuales, la cual el pueblo ha acabado aceptando.

 

Mucho se mareó al TC cuando la famosa y tardía sentencia sobre el nuevo Estatut de Catalunya, y al final la misma no satisfizo a nadie: los que presentaron la demanda, la consideraron demasiado suave, y los perjudicados, Catalunya entera, se quedaron como pensando que no se les deja pensar como pueblo, por sí mismos, nada más que según la visión de Madrid, anclada en otros tiempos.

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Pero la proposición de que el TC pueda servir para destituir políticos que no gobiernen al gusto de algunos no sirve para nada en una democracia moderna, sólo en una dictadura como la que hubo en este país hace años, la que algunos añoran y desearían que el jefe de la misma fuera canonizado (así, directamente) por la Iglesia, ahora que faltan dos meses y medio para el 40 aniversario de su muerte. O en Corea del Norte.

Queda casi un mes para las elecciones catalanas, muy decisivas, y el Gobierno central anda perdido, sin nada de verdad serio o con el suficiente gancho para convencer a los catalanes, si se le puede llamar gancho presentar a una especie de Hristo Stoichkov de la derecha como candidato.

No quiero volver a utilizar el ejemplo de Escocia, de cómo las mujeres escocesas decidieron seguir siendo británicas por el machismo escocés (ellas y los ancianos fueron quienes más votaron No), pero aún se recuerda algo que hace un año parecía que iba perjudicar a la UE, por ejemplo, y en donde incluso vimos a gente del PP involucrándose y dándole consejos a David Cameron, al que casi calificaban de blando.

 

Muchos se dan cuenta, como ha dicho algún político de la oposición, de que su proposición es “para contentar a la extrema derecha de su partido”. Es relativo, según la opinión de cada cual, pero que no parece descabellado, sabiendo cada partido que se juegan votos, y eso en Política es sagrado. Pero no con instituciones que en cada país se respetan, no se ven como marionetas de uso propio.