El Partido Popular hace tiempo que renunció a Catalunya. Abandonó a sus votantes a su suerte ante el auge del independentismo y la irrupción de otros partidos que le han arrebatado el protagonismo, como Ciudadanos, Podemos o la CUP. Y no luchó, a sabiendas de que cualquier acercamiento con el catalanismo imperante iba a costarle caro en el núcleo duro de España. Dejó que actores incompetentes bailaran por el escenario con torpezas propias de Groucho Marx, como Sánchez Camacho o Albiol. Y es que, lejos de interesarse por la unidad del país, al PP le interesa la ruptura. La desavenencia contra la que predican es la que en realidad mayores rentas electorales le genera en el universo político.

Como un experimentado trilero, te hacen creer que la pelotita está en un sitio, pero no, la pelotita está donde menos lo esperas. ¡El PP es un partido independentista!

Murió el bipartidismo hace unos años y, ante el hundimiento del PSOE, el ejecutivo de Rajoy supo sobrevivir pese al cambio de los vientos. ¿Cómo lo hizo? Sólo los maestros del engaño pueden ser tan sutiles y eficaces. Además de su amalgama de promesas rotas y estafas populistas, nada hay más rentable que alzarse como paladín del patriotismo ante la amenaza separatista. Imputar a Artur Mas por poner urnas el pasado 9 de noviembre es proyectarse como el escudo de España ante el secesionismo. Rechazar todas las decisiones del Parlament de Catalunya se traduce en más papeletas. Da igual que se trate de intentar combatir la pobreza energética o de imponer gravámenes a bancos.

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¿A quién le importa eso? Si el origen de tales propuestas es la Generalitat, mejor dejarlas caer en saco roto y a otra cosa. El PP es el caballero valeroso que defiende la unidad territorial ante el abominable dragón catalán. El distanciamiento es la vida electoral de Rajoy. ¿De qué hablarían sino en calle Génova?  

El acoso judicial y mediático al que el Estado somete a Catalunya agrada a muchos. Y el PP, lejos de ser inepto como lo tildan algunos, lo sabe. Más que estupidez, se trata de maquiavelismo. Rajoy utiliza Catalunya como caballo de Troya para su propaganda electoral en el resto de España. ¿Por qué sino iba a impugnar a Mas? ¿Por qué sino se enroca en posturas inamovibles con respecto a la reforma constitucional? ¿Por qué sino rechazó el Estatut? 

Algunos dirán que Artur Mas también se volvió patriota de un día para el otro. Que se envolvió en la bandera estelada con la misma rapidez con que uno se cambia de camiseta. Que ocultó las desgracias de su sociedad con una cortina de humo que acabó tornándose de hierro.

Es cierto. Pero, ¿tuvo elección Artur Mas algún día? ¿Pudo negar su conversión ante la ventolera que generó el PP rompiendo en pedazos los sueños de mayor autonomía de Catalunya? ¿Debió hacer oídos sordos a las ideologías de la gran mayoría del pueblo catalán? ¿Debió desoír a la cámara parlamentaria el día que el tribunal constitucional recortó el Estatut hasta dejarlo irreconocible? Para algunos, parece que el procés es Mas. Pero se equivocan. El procés es la gente. Y la gente es soberana. Ya saben, en Catalunya dicen que qui paga mana (quién paga manda). Los electores mandan. Y los gobiernos obedecen.     

Aún resuenan los resultados de las elecciones catalanas. El independentismo vuelve a imponerse con meridiana claridad y obtiene una mayoría absoluta incontestable. Lejos de incomodar a Rajoy, ese 48% de votos independentistas parecía hacerle feliz. La autocrítica no existe porque predicará la mentira de que el 52% de votos restantes son acérrimos fieles del unionismo. Da igual que Catalunya sí que es pot o Unió no se hayan posicionado al respecto. Todo vale contra Catalunya. De las batallas autonómicas de Barcelona ya se encargarán otros. La Moncloa es más importante. 

La política del PP es no hacer política. Pero ya se intuye donde está la pelotita. Como diría un viejo conocido de su partido: váyase señor Rajoy, váyase.