Fernando Trueba, cineasta que forma parte de una familia de cineastas (su hermano David y su hijo Jonás), ha pronunciado un sincero e incisivo discurso al recibir del Ministro de Cultura el Premio Nacional de Cinematografía.

Y ha dicho las palabras que los componentes y simpatizantes del actual Gobierno no quieren oír ni en pintura: que no se sienten españoles, quiero decir totalmente, o mejor dicho, que no sienten el patriotismo exacerbado que algunos sienten, sobre todo estos mismos días, ya saben por qué: "por el talento de Pau Gasol, el Leo Messi del baloncesto".

El discurso fue más allá, claro. Y Trueba, como en su famoso discurso de 1993 al ganar el Óscar por “Belle Époque” (donde dijo que no creía en Dios, sino en Billy Wilder), tocó temas polémicos, que confirmaron por qué no se siente español como dice.

Y francamente, yo mismo comprendo sus palabras. Éste país, que podría haber ido mejor cuando por fin empezó a modernizarse, a entrar de verdad en Europa sin mirarla por encima del hombro (aquello de “España es la Reserva Espiritual de Occidente”, como si Europa entera fuera un prostíbulo), ha pegado un frenazo y no sabe ponerse al mismo nivel que nuestro continente.

Solo Catalunya está al día de lo que se hace allí, trata de transmitirlo a España, pero ésta, por soberbia, no quiere reconocer nada europeo. Se conforma con copiar lo que se haga en EE.UU., sobre todo cuando el Presidente es Reagan u otro parecido. Por ello, Catalunya se siente, con toda la razón del mundo, incomprendida y ha decidido buscarse su destino de otra manera.

Algunos patriotas de aquí vieron con buenos ojos la famosa rabieta de Gérard Depardieu y su renuncia a su propia ciudadanía adoptando la rusa, por los impuestos que le exigía pagar François Hollande. Cualquiera que le cantara las cuarenta al para ellos degenerado y “extremista” Presidente francés, era un héroe para ellos.

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Les daba lo mismo si Vladimir Putin es un tirano o no.

Un madrileño residente en Barcelona, contando en su blog cómo ve las elecciones catalanas, dijo que si Catalunya no se siente a gusto en España, era por la visión del país “anclada en el 18 de julio” y demás tics que justifican, a su entender, el auge del independentismo catalán. También le comprendo, pienso lo mismo.

Siempre he admirado a Francia en cómo ha sabido hacer un país donde la Cultura, para quien la amamos, es respetada, o que tienen éxito tanto los artistas que hacen cosas comerciales como los “de autor”. Jorge Semprún, Pablo Picasso y tantos otros encontraron público de verdad en el país vecino. No por ello dejaron de sentirse españoles, pero prefirieron ser enterrados allí, no sólo por que sus hijos y nietos fueran franceses, sino por que el público que admiraba su obra, sin esa envidia tan española, estaba allí.

Hace poco escuché por casualidad a un locutor de la ultraconservadora emisora radiofónica Es Radio quejarse de las descripciones del Museo del Prado para las pinturas de Goya sobre la Guerra de la Independencia. No le gustaba nada las críticas de los textos a los guerrilleros españoles, ni al general Palafox, ni al pueblo llano, que entendió como apología de la invasión e insulto a los españoles.

Simplemente describían aquella guerra sin maniqueísmos de buenos buenísimos y malos malísimos, y además, el propio Goya era un afrancesado, palabra maldita para el locutor. Si no le gusta, que haga lo más fácil: exija que el cuerpo de Goya sea devuelto a Burdeos y sus pinturas desterradas del Prado.