Un amigo me decía el otro día por Facebook, al retuitear un comentario de Jesús Cintora en Twitter sobre la muerte de José María Ruíz Mateos y donde era crítico con él: “Por favor, un respeto, Julián”.

Yo soy respetuoso con las personas, y más con las que mueren. Claro que tienen que ser grandes personas en vida. Y lo que hemos visto al final de Ruíz Mateos es que no fue así. Supo explotar hábilmente, como el mejor de los publicitarios, su imagen de víctima, de perseguido, de emprendedor y de capaz de sacar y hacer triunfar #Empresas de la nada en un tiempo récord.

Pero hace años se descubrió que todo era un fraude. Su imagen se vino abajo, como la del Rey Juan Carlos I, en pocos días.

La mayor consecuencia la veía yo al acercarme de vez en cuando al Estadio de Vallecas, donde juega el Rayo Vallecano: las grandes letras que daban nombre al estadio, “Estadio Teresa Rivero”, por la viuda del empresario, ya no estaban, sólo quedaba una sucia huella en la pared.

Cuando fue expropiado su hólding Rumasa, como parte de mi familia era de las mismas ideas que las de él, vio aquello como una injusticia. Y comprendieron su absurda pretensión de disfrazarse de Superman y demás extravagancias. Decían que era para llamar la atención de lo que había sufrido, que de manera más discreta no se enteraría nadie.

Yo no creía lo mismo, que todo ello le llevaba más al descrédito que a la compasión de la gente. Su puñetazo a Miguel Boyer, su “¡Que te pego, leches!” y su inefable anuncio televisivo de Bombones Trapa intentando ligarse a una doble de Isabel Preysler, entonces casada con el difunto Miguel Boyer, diciéndole: “Isabel, toma estos bombones, y por favor, que no se entere Miguel”, para bailar un tango con ella, le llevaron al populismo más rancio.

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Y eso que aún no habían aparecido del todo los Le Pen, los Berlusconi ni los Donald Trump.

No negaré su habilidad para gestionar empresas, pero se convirtió en un corrupto por su ambición desmedida. Como compró varios Bancos, entre ellos el de Levante y decenas de otros, como se concedían créditos unos a otros a sus empresas, no pagaba impuestos ni Seguridad Social, Felipe González, que ya tuvo un litigio contra Ruíz Mateos cuando era abogado laboralista, decidió que había que expropiar Rumasa para evitar una quiebra de la Economía española.

Los banqueros de la época, algunos rivales encarnizados del empresario, apoyaron la expropiación. Como varios eran del Opus Dei, como él, se enfureció, llegó a acusar al propio Opus de ir contra él, y para más inri (literalmente), su carta de protesta al entonces Prelato del Opus, Monseñor Álvaro del Portillo, nunca fue contestada por el interesado. Y fue expulsado de ahí.

Ahora se ha sabido que tenía una hija secreta, lo que es una contradicción con sus ultraconservadoras ideas sobre la familia y el Matrimonio, lo que provocó que su mujer le abandonara, o mejor dicho, que vivieran como extraños en la misma casa, algo parecido a Juan Carlos y Sofía, pero con peor estilo.

También fue machista, al marginar a sus siete hijas en favor de sus seis hijos varones, que llevan el poder del clan en los negocios.

Tuvo incluso una emisora de radio, donde se narraban los partidos del Rayo Vallecano con una calidad de sonido tercermundista, o una revista editada en formato periódico, “Noticias Madrid”, donde todos los entrevistados posaban con un ejemplar en la mano. Todo hecho a la medida de él, de su ego y de su presunta santidad a toda prueba. #Corrupción