A riesgo de ser malentendido, y antes de que vengan a por mí con antorchas y lanzas- en plan Toro de la Vega-, convendría decir que este artículo nada tiene que ver con el merecido triunfo que anoche obtuvo la selección de básquet española frente a  Lituania (80 a 63), y menos aún con la eficacia y maestría con la que Pau Gasol ejecuta este juego.

 Se trata de otra cosa, a la cual el básquet, como el fútbol, y otros deportes competitivos han sucumbido casi por completo. Me refiero a un excesivo afán de triunfo y fanatismo, perseguido por intereses corporativos en primer lugar y alentado, en segundo lugar hasta la euforia por técnicos, periodistas y aficionados.

Pongamos un ejemplo. Quienes han comentado y celebrado el triunfo de la selección española en los medios masivos de comunicación, y no me cabe duda que han sido muchos, han coincidido en señalar, a punto de quedarse sin voz, que el triunfo de la selección española-sobre todo cuando superó a la selección francésa- había alcanzado el carácter de gesta, que sus jugadores eran verdaderos héroes,  que Pau Gasol  era un superhombre con poderes sobrenaturales para embocar una canasta, y que no había nada más hermoso en el mundo que disfrutar del sabor de la victoria cuando se juega de visitante y se vence al rival con coraje y valentía.

No me estoy inventando nada y creo que me quedo corto al reproducir los comentarios. Me gusta el deporte, he jugado cuando era un chaval al básquet, y sinceramente me hubiera gustado disfrutar de un buen partido de básquet: escuchar a un locutor que no me grite, que no me engañe, que no me meta nervios, que no me contagie un fanatismo absurdo y ridículo cada vez que un español emboca una canasta.

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Lo mismo afirmo cada vez que juega la selección española de fútbol porque, por ejemplo en la Eurocopa, frente a cualquier rival los locutores gritan desesperadamente  cada gol español como si fuera el último de su vida, y como si todavía estuviéramos jugando el mundial de Sudáfrica.

Cada vez es más difícil disfrutar de un espectáculo deportivo sin conmoverse demasiado, y no me refiero a contemplar con indiferencia como pierde nuestro equipo favorito, sino más bien a emocionarnos, alegraros o amargarnos en la medida de la calidad e importancia del juego que estamos viendo. Un juego, al fin y al cabo una serie de juegos plagados de intereses corporativos multimillonarios con los cuales colaboramos como si de una ONG se tratara, y nos entregamos en cuerpo y alma como si nada más importara en el mundo.

Para concluir diremos que la foto que ilustra esta nota habla por sí misma. Cualquier persona medianamente evolucionada y sensata entenderá que Pau Gasol puede ser un buen deportista, tal vez el mejor jugador de básquet que haya dado España, pero que no es ningún héroe por embocar un pelota.

Cualquier habitante del planeta tierra en el siglo XXI con dos dedos de frente sabrá que ni Gasol, ni Messi, ni Cristiano Ronaldo son héroes por jugar bien a la pelota si nos atrevemos a compararlos, por un segundo siquiera, con la valentía y el coraje que demuestra un padre que huye de la guerra, y a riesgo de su propia vida corre, camina, cruza el mar una balsa, para salvar a su familia…

Y me dirán que es un golpe bajo, que en este mundo habrá miles de ejemplos cien veces más crueles que el de los refugiados sirios para amargarnos la vida.  Por esto mismo opino que cuando ganamos al básquet o al fútbol, y adoramos a falsos héroes en realidad nos estamos idiotizando e insensibilizando y que no estamos ganando a nadie; en rigor de verdad una realidad tan esquizofrénica como delirante, donde Cristiano Ronaldo marca un gol mientras caen las bombas en Siria, o matan de hambre o con balas a los niños, es la que de un tiempo a esta parte nos viene ganando…