Me encuentro en Santiago de Chile, pero mi corazón estuvo ayer en #Cataluña. Y con orgullo puedo decir que los catalanes lo hemos vuelto a conseguir. Lo que supuestamente era un suflé que desaparecería con la caída del sol, ayer volvió a renacer por cuarto año consecutivo. Nunca en la historia y en ningún país del mundo, un reclamo había persistido por tanto tiempo ondeado por tantos cientos de miles de personas. Habrá baile de cifras y un mercadeo interesado para hacerse con la participación oficial, pero no me quita demasiado el sueño porque yo sé lo que es estar ahí y la magnitud de lo que se vive. Y para quienes duden efectivamente de lo acontecido en ésta y en las anteriores Diadas de Cataluña, los invito a asistir y que juzguen ellos mismos.

Por otro lado, se ha vuelto a instaurar esa dialéctica absurda en los medios sobre la politización de la celebración de la #Diada. Tanto los favorables al Derecho a decidir como sus detractores juegan con ese oxímoron entre sentimiento y objetividad. O en otras palabras, de como la consciencia colectiva pueda estar condicionada por los intereses políticos. Pero yo me pregunto, ¿acaso hay alguna expresión pública que no esté politizada? ¿Será posible un acto colectivo que no ahonde sus entrañas en ninguna ideología? O también, ¿podría ser que existiere un hecho no inserido en un contexto de significado? Mi respuesta es claramente negativa. En realidad, pensar lo contrario es absurdo y además es paradójico el uso que dan los integrantes de los partidos políticos de uno y otro bando: durante años bien sacaron rédito de esa despolitización de los espacios públicos.

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Sí, recuerden esos años de pura pantomima, cuando los políticos vivían consternados por la desafección política, esa enfermedad que padecía nuestra sociedad diagnosticada como un nihilismo extremo al pensar que ya nada podía cambiar. ¡Qué lástima que los chanchullos entre ladrones dirigentes, instituciones, corporaciones y empresas no tuvieran contestación social alguna!

Supongo que mi ironía se percibe entre estas líneas. La repolitización de lo público es necesaria. Sea la economía (sí, el siguiente paso pese a quien le pese) o una "simple" Diada de Cataluña, toda manifestación apliega en su seno una ideología y un carácter eminentemente político. Todos los asistentes a la manifestación del día de ayer tenían muy claro qué suponía ocupar un espacio en la avenida Meridiana. La ingente cantidad de participantes lo sabían y tenían sus razones para querer hacer acto de presencia. Lo que el catalán quiere para su Cataluña es un desiderátum ideológico, una pretensión política sobre cómo gestionar, en cuanto catalán, nuestra res publica.

Y esa volición se comprende dentro de un horizonte conceptual que parte de la premisa - aunque no se quiera aceptar desde el creacionismo hispánico- que el pueblo catalán es una realidad existente y que tiene un origen ajeno al español. Ante todo ello, los detractores del secesionismo, en vez de contraatacar políticamente, han optado por reducir al absurdo la politización de las expresiones colectivas, ya que, apelando otra vez al susodicho oxímoron, única y exclusivamente el sentirse español es lo vero, genuino y, por ende, real y capaz de dar sentido. En otras palabras, exhortan a los catalanes a despolitizar este sentimiento nacionalista porque -aunque lo ignoremos porque somos justitos de cabeza- el imaginario con el que lo envolvemos es irreal.

Así pues, como parece que para ellos no tiene sentido que los catalanes sepamos que estamos decidiendo algo con nuestra participación, en vez de asumir que es por alguna razón política e ideológica que son incapaces de congregar un número de personas meridianamente similar a los aglomerados en la Diada "pro Derecho a decidir", nos iluminan mesiánicamente con ese ignoto mantra por el cual nos hacen saber que somos meras víctimas de un proceso de catalanización o, en otras palabras, de politización de nuestro querer. ¡Pues claro! ¡Todo sentimiento lo está!