"Si fueran ustedes, con sus hijos en brazos, los que vieran cómo el mundo se deshace, no habría muro que no fueran a subir, no habría mar que no fueran a atravesar o frontera que cruzar para huir de la guerra o del Estado Islámico. Debemos acoger a los refugiados en la UE".  Así de claro se expresó Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, en su primer Discurso sobre el Estado de la UE. Y añadió, "los europeos no podemos olvidar lo importante que es el derecho al asilo, uno de los valores más importantes que existen”.

Y ahí destapó el verdadero problema del mundo. Porque todas las Crisis actuales, esas que se encadenan unas tras otras sin solución aparente, tienen un origen único y común, la crisis de los valores.

No existe una crisis financiera provocada por una burbuja inmobiliaria o hipotecas subprime, ni una crisis bursátil causada por el deterioro de los balances de las empresas, ni siquiera una crisis del bienestar engendrada por la corrupción política. Existe una crisis general que nos afecta a todos que es la falta de compromiso y respeto. La falta de valores.

Cuando en la pantalla de tu televisión ves a una operadora de cámara maltratar a emigrantes en busca de asilo, la primera duda que te asalta es el motivo por el cual se comporta de esa manera. ¿Qué gana con eso? Un “profesional” destinado a contarle al mundo lo que ocurre no puede tener más razones que las exigencias que se le han impuesto. De no ser así, no hay una explicación convincente que ayude a entender una práctica semejante.

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La historia que cada día hay que llevar al mundo es la del sufrimiento. Es una especie de propaganda que nos traba mentalmente y que al mismo tiempo nos mantiene alertas ante lo que pueda pasar. Se ha visto en el rescate impuesto a Grecia, se ve en las guerras permitidas en África y se verá en las elecciones generales que tendrán lugar en España a finales de año. El miedo al renacimiento de los valores de una sociedad unida es contrarrestado con el miedo al sufrimiento. Las reglas son sencillas. Es pura propaganda.

Si fueran ustedes los que vieran como el mundo se deshace…”, condicionó Juncker para alertar sobre lo que Europa debe hacer ante una nueva crisis, esta vez migratoria. Ya lo vemos y no tenemos dónde huir porque esa descomposición es lo único que podemos calificar como global. El mundo se diluye desde hace tiempo sumergido en intereses míseros que destruyen cualquier atrevimiento social que luche por cambiar el orden establecido. Un sistema que obliga a las personas a abandonar sus hogares en busca de ayuda a esa parte del mundo que aprecia el valor de un Estado en función de su deuda externa.

El problema no es el reparto equitativo de los refugiados entre los Estados miembros de la Unión Europea.

Hay un inconveniente mayor que debemos hacer frente para poder hacer sitio a los refugiados si queremos transmitirles la sensación de humanidad. Hay que salvaguardar los valores, impedir su destierro para poder crear el espacio necesario para las víctimas de un mundo que se desmorona.