En las leyendas de los mapas, los cartógrafos y editores deberían teñir toda la geografía mediterránea de color negro: hoy en día, una tintura más acorde al carácter de sus gentes y al uso que se da del Mediterráneo como fosa común. Un pasaje directo al inframundo, a la asfixia del olvido y un nidal para la indiferencia. Los migrantes mueren y se asume, no ya con resignación, mas como alivio. Europa da la espalda a un fenómeno que considera real, pero no como propio. Es lamentable la facilidad con la qué las gentes que hoy vivimos en suelo europeo nos lavamos las manos con respecto a las responsabilidades por nuestro pasado. Si nunca fue posible en Occidente un supuesto estado del bienestar fue gracias a siglos de dominación sobre el mundo.

Pero cual efecto de una zona afectada por la radiación, las consecuencias de esa embestida mundial retumbarán para siempre en los ecos del futuro. La historia natural de un pueblo no admite paréntesis, puntos muertos forzados que luego permitan retomar su sentido original. No, lo que hicimos los europeos con la colonización y lo que seguimos haciendo en su forma más contemporánea a través del imperialismo económico tiene AÚN sus consecuencias materiales y morales. Y los migrantes huyen precisamente de eso, aunque paradójicamente buscan cobijo en las fauces del lobo que ya los asoló.

A ningún humano le gusta admitir la culpa. Precisamente, en la conmemoración del 70 aniversario del fin de la II Guerra Mundial, el primer ministro japonés ha insinuado que las juventudes de su país no tendrían que seguir ya rindiendo cuentas por lo que hicieron sus antecesores.

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De un vistazo rápido, su propuesta podría bien tener su coherencia si atendemos a todos los matices. Sin embargo hay una diferencia radical entre dejar de pedir perdón año tras año y olvidar interesadamente las culpas de cada cuál. En Europa ni pedimos perdón ni hacemos demasiado por los futuros que truncamos.

La memoria histórica debe existir para que el mundo sea un lugar más digno en dónde vivir. A esta idea debe asociársele un componente ético, puesto que de lo contrario la justicia y la responsabilidad - únicos instrumentos legales y morales para redimir las fechorías- no tienen sentido alguno y, en consecuencia, cualquiera puede hacer el daño que le plazca sin remordimiento ni pena algunos. Por ello la revisión del pasado exige un esfuerzo - poco amable para uno mismo - para reconocer los errores propios y asumir las consecuencias para reparar lo que se precise.

Quisiera finalizar con una de las célebres tesis de Walter Benjamin que personalmente siempre me ha generado esa necesidad de reflexionar sobre los actos de la humanidad:

"Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irrefrenablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso."

Tesis IX en Tesis Sobre la Filosofía de la Historia de Walter Benjamin.