En 1945 conocimos dos terribles acontecimientos relacionados con la II Guerra Mundial. El que más películas ha protagonizado, directa o indirectamente, fue el Holocausto judío, la “Shoah” en hebreo, el exterminio de seis millones de judíos de las maneras más abyectas y denigrantes.

El otro fue la bomba atómica sobre Hiroshima (Nagasaki le siguió poco después), con menos películas en su haber por que es un tema tabú para los americanos, obsesionados con ser quienes sacaron a Japón de un Régimen feudal y lo modernizaron, y también para los propios japoneses, por vergüenza de haber perdido una guerra, habiendo sido un Imperio poderoso.

Si ya con sólo sentir el escalofriante ruido de la explosión de la bomba, grabado con la deficiente calidad de sonido de la época, te entra una sensación de terror absoluta, lo es más cuando conoces las consecuencias. Aunque no se conocen cifras exactas, ya que los archivos del censo de Hiroshima fueron destruidos al volar en pedazos casi toda la ciudad, se sabe que en el primer instante de la explosión, a las 8 y cuarto de la mañana hora local, murieron 65.000 personas, siendo la cifra final unos 130.000, sin contar la gente superviviente que quedó afectada por la radiación atómica y la mayoría de ellos murieron años después.

Pero esta masacre bélica se ve, actualmente, aún más mezquina al saberse que Japón quería rendirse ya, pero a los americanos les parecía inaceptable que se rendirían, pero a condición de que Hirohito, el Emperador, siguiera viviendo.

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No se sabe si por la megalomanía de los americanos queriendo dar una lección a quienes veían como gente de una raza poco evolucionada (el racismo en EEUU no sólo afectaba a negros y judíos), o por devolver a Japón lo de Pearl Harbor, que todos ya conocemos.

Con las muchas cabezas nucleares que hay en el mundo, con EEUU y Rusia como quienes más tienen, seguidos de China y dos países europeos respetables como Francia y Gran Bretaña, todos sabemos que aunque la seguridad en torno a ellas sea fiable, cualquier día puede aparecer un loco que las haga estallar, por ejemplo uno de los de Estado Islámico, capaces de las más terribles atrocidades, además de las más grotescas. Algo que sentimos desde la Guerra Fría de hace más de medio siglo, y que la caída de la URSS y la Europa del Este hizo desaparecer… por ahora.

Pero sabemos que aquella explosión y los traumas de por vida que provocaron a los supervivientes (“hibakusha” en japonés) fueron incluso silenciados por los americanos, que convirtieron la ciudad en una especie de laboratorio de pruebas científicas.

Tampoco sabíamos que muchos de los huérfanos por la tragedia acabaron trabajando para la Yakuza (la Mafia japonesa) o niñas que acabaron en la prostitución en Kioto. Todo con la insensibilidad de los americanos, que cualquier crítica hacia ellos les parecía una afrenta y llamaban desagradecidos a los japoneses. Por ello no hay casi ninguna película crítica con aquella época ni aquella tragedia.

Los apologetas de la bomba dicen que “se salvaron vidas”, pues la invasión hubiera costado más muertos, tanto japoneses como americanos. Así lo sostuvo el Presidente Harry Truman hasta su muerte, y aún sigue habiendo en EEUU un 63 % que cree justo que se utilizara. Entre ellos, son más los viejos y los que votan al Partido Republicano los más entusiastas. Cada nueva generación lo desaprueba más. #Estados Unidos #Historia antigua