El verano. Esa estación del año que implica vacaciones, sol, piscina, helados, diversión... pero que también es sinónimo de picaduras de mosquitos, banderas rojas en las playas que prohíben el baño por oleaje, o aires acondicionados criminales. Y es que la idea generalizada de que este último es un gran invento que ayuda a pasar las tardes de increíble calor es correcta, lo que ocurre es que no siempre están regulados a la temperatura idónea y en ocasiones más que un alivio resultan un tormento.

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¿Cuántas veces hemos lamentado no haber traído una rebequita cuando entramos a un local excesivamente climatizado para todo el rato que vamos a pasar allí dentro? Si nada más abrir una puerta el abrazo del frío nos saluda, ese es indicativo de catarro veraniego asegurado.

Porque de entrada todo es fantástico, pero a los cinco minutos la cosa ya empieza a ser distinta y si de lo que se trataba era de ver una película o una obra de teatro, puede que la temperatura llegue a ser bastante nociva para nuestras gargantas.

Pero lo que tampoco es justo es tenerlo en cuenta antes de llegar y ponerse la ropa menos acorde para el verano. No deberíamos tener que vestirnos de invierno para meternos en un transporte cuyo trayecto conste de media hora o más. La bufanda se antoja exagerada para enfrentarse a un asiento en el que intentar disfrutar de un espectáculo... sin conseguirlo. Y no porque la película no sea buena, sino porque la congelación no nos deja concentrarnos en lo que ocurre en la pantalla.

También algunas tiendas gozan de grados tan bajos que los cubitos de hielo salen a tu encuentro incluso antes de que hayas caminado un paso por ellas.

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Increíble que ya uno note el frío desde la calle. Por lo tanto, de meterse en el probador ni hablamos.

Está claro que hay personas más frioleras que otras y muchas, muchísimas, muy calurosas, que agradecen el aire acondicionado por encima de quienes no lo aprecian tanto, pero hay temperaturas por debajo de las cuales el consenso es un hecho y llama la atención ver a espectadores o usuarios de medios de transporte abrazados a sí mismos para combatir un frío que no habían previsto. Y lo cierto es que no puede ser tan difícil conseguir un abanico de grados alrededor de los cuales programar los aires para que todos, dentro de esos parámetros, se encuentren a gusto. No puede ser tan difícil, pero a lo mejor lo es...