El martes pasado por la noche pude presenciar la final del concurso televisivo Máster Chef emitido por #Televisión Española, un programa que me agrada porque se aprenden recetas interesantes, es ameno y está bien llevado por el equipo de cocineros que allí participa. Pero cual fue mi sorpresa y decepción en el momento en que envían a los concursantes a un lujoso restaurante de un hotel en Ibiza. Los concursantes tenían que preparar doce elaborados platillos para doce personalidades de la empresa hotelera y entre los que se encontraban también personajes públicos conocidos en los medios.

Como decía, la decepción y la indignación comenzó cuando se comentó en el programa la cantidad de dinero que debe ser abonada por los comensales de ese restaurante: 1700 € por cubierto.

Una cantidad que podrán pagar unos pocos, no lo dudo, porque los hay, pero tal como están las cosas en este país, donde la gran mayoría está en el paro o gana unos sueldos miserables de 800 € al mes o menos, esta clase de hoteles y restaurantes con esos precios exorbitantes es un insulto para la sociedad en general, que denota que una pequeñísima parte de la sociedad, adinerada, y con una mentalidad burguesa mira para otro lado ante la situación económica y social real de un país en crisis.

Es notable que el ganador del concurso, un chico muy creativo, sea un vendedor ambulante de su pueblo, que debe tener un salario muy bajo, y que felizmente ganó 100.000 €, de los cuales debe pagar al Estado unos altos impuestos, y con el resto que le quede, tratar de poner un pequeño restaurante.

Ante esto que nos acaba de mostrar este programa, podemos percibir la gran desigualdad económica y social que vive el país, fruto de unas políticas que han promovido un turismo altamente descontrolado, diverso e injusto, que permite que unos pocos puedan acceder a ciertos servicios altamente lujosos y otros muchos ni siquiera puedan pagarse unas vacaciones.

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La situación de crisis que vive el país debería llevar al empresario dedicado al turismo y a la hostelería a reflexionar a la hora de ofrecer sus servicios. Estos deben ser más equitativos y justos, y con un cierto control de precios que no permita que se estén formando unas élites que viven dentro de una burbuja, pero que sí participa de un turismo de sol, playa y gastronomía de calidad, en un país quebrado por las desigualdades.