Cuando leí en la Prensa que Albert Boadella iba a dirigir la ópera "Don Carlo" de Giuseppe Verdi, creía que había cambiado de bando nuevamente y se volvía el rebelde que antes fue, teniendo en cuenta que dicha ópera muestra a Felipe II como un tirano capaz de robarle la novia a su propio hijo, además de un dictador de la temible Inquisición. Pues no: su versión, eso sí, sin cambiar ni una línea de diálogo ni de las arias de la ópera, convierte a Felipe II en el Michael Landon de "La casa de la pradera", o eso creí entender.

Lo más curioso es que Felipe VI, que asistió a los ensayos de la ópera de incógnito y sin avisar, dio su bendición a la representación de esta obra, calificada de antiespañola por la derecha de este país, y que hace tres décadas, representada por una compañía extranjera y con el libreto original, no pudo representarse en el Monasterio de El Escorial por la feroz oposición de la oposición conservadora y sus medios de comunicación.

Para dar más énfasis a la versión "políticamente correcta", como se dice ahora, de la obra, el Rey emérito Juan Carlos I asistirá a la representación en pocos días.

Esté equivocada o no la visión que la ópera "Don Carlo" ofrece de la época y del propio Felipe II, que no vamos a entrar en eso, no hay que negar que muchas maneras de gobernar de aquel monarca fueron nefastas, y solo unos pocos se atrevían en aquella época desafiar el pensamiento único que él pretendía implantar. Y no me convence que casi todas las críticas vinieran del extranjero. Ellos también le padecieron.

Tampoco se arregla lo que hubiera podido ser equivocado tergiversándolo y enmendando la plana al autor, como ha hecho Boadella en un acto de adulación a la Monarquía descarado, algo que él mismo se hubiera negado hace décadas, cuando tuvo que exiliarse por aquellas obras que parodiaban la Religión y la Inquisición, algo omnipresente en los tiempos de Felipe II. Es como aquella versión "políticamente correcta" de "Caperucita Roja", donde la niña se convertía en una feminista combativa como Cristina Almeida y el Lobo era un machista violador de barrio marginal.

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Con la polémica de la retirada del busto de Juan Carlos I del Ayuntamiento de Barcelona, algo que es lógico pues ya no es el Rey actual, se ha desatado la "moda" de a ver quién es más adulador con la Monarquía, de tal manera que ya casi nadie se atreve a hablar, al menos en voz alta, de los líos extramatrimoniales del anterior Rey. Por cierto, de esto informan ahora más los medios de fuera que los de aquí. Como en Tailandia siguen prohibiendo "Ana y el Rey de Siam".

Cada país ha de aceptar sus episodios oscuros, aunque sé que a nadie le gusta eso. En Francia siempre ven lo de la guerra en España (1808-1814) como algo parecido a los americanos en Iraq contra Sadam Hussein, con los guerrilleros españoles vistos por ellos como antepasados de Ossama Bin Laden, o los japoneses ven las atrocidades que cometieron en China y el resto de Asia convertidas en incursiones de su Ejército "para proteger a los indígenas de los nazis", según comentaba la escritora belga Amélie Nothomb en su novela "Stupeur et tremblements", basándose en su juventud residiendo en Japón. Esto lo decían los japoneses al ver la película "Feliz Navidad, Mr. Lawrence", del japonés Nagisa Oshima, pero que juzgaban "falso" su retrato de la actitud japonesa en Asia mostrada en el filme.

Es decir, que no tenían que perdonar nada a nadie por la actitud japonesa en ciudades como Nankin (China) en 1937.