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Madrid y Barcelona. Las dos ciudades más importantes del Estado español. Las dos han elegido alcaldes diferentes a los que tenían, sobre todo la segunda, ya que en Madrid ha triunfado la aritmética entre dos partidos, al no tener el PP mayoría absoluta.

Ambas nuevas alcaldesas han merecido la atención de la Prensa extranjera por su diferente estilo, que rompe con la solemnidad de los anteriores alcaldes y por que da un toque femenino a ser alcalde. Toque de mujer independiente que no depende del hombre, aunque ambas tengan pareja y tengan descendencia, en el caso de Carmena, nietos.

Dos ciudades de estilo muy diferente, por ejemplo en el sentido del humor: mientras el humor barcelonés, y por tanto catalán, es tirando a atrevido, elaborado, literario y con mucha influencia de Woody Allen en la forma de ser de la ciudad, el madrileño es muy simple, sin florituras.

Por ello ha habido esos malentendidos, ese choque cultural del habitante de una ciudad que llega a la otra y los chistes que funcionan en una no funcionan en la otra.

Como aquel Madrid que satirizaba la serie catalana "Plats bruts", con un Jordi Sánchez ("La que se avecina") sorprendidísimo por que en Madrid se sirva gratis una tapa con la bebida en los bares, algo que no hay en ninguna otra parte del mundo. "¡Qué raros son estos madrileños! ¡Así como si nada, van y te regalan una tapa! ¡No deben de tener nunca un céntimo, tú!", comentaba su personaje, en un humor que hay que ser barcelonés para comprenderlo en toda su esencia.

Barcelona, al estar al lado del mar y tener la frontera con Francia a 150 kms., es más cosmopolita, en el sentido de que sabe asumir cosas culturales extranjeras sin perder su esencia.

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Madrid siempre se niega un poco a eso, quizá por el Dos de Mayo y la pérdida del Imperio en 1898, que parece obligarles a mirar con recelo todo lo "de fuera", incluido lo catalán.

Madrid, después de intentar emular a Barcelona con unas Olimpiadas y fracasar hasta tres veces, intenta encontrar su camino con ser la zona central del país. Manuela Carmena piensa que el modelo ultraliberal de los alcaldes del PP no sirve y que la ciudad necesita otras cosas, otros horizontes. Más para el pueblo llano, al que los clasistas alcaldes conservadores miraban por encima del hombro. Lo mismo Ada Colau, que quiere cambiar el modelo de parque temático para turistas en que se convirtió Barcelona desde hace casi dos décadas, y también ayudar al pueblo llano, al que CiU también trataba mal.

Con la polémica de ciertos tuits, Carmena sabe que su labor será difícil, y contará con puñaladas traperas de la oposición, sobre todo la conservadora, que ve peligrar sus negocios y por la supuesta huida de inversores.

Y por el lenguaje de otra época de Esperanza Aguirre, que querrá aprovechar cualquier traspié para reivindicarse y que la hagan alcaldesa por aclamación.

Colau lo mismo, sobre todo de quienes la quieren vigilar en que no haga que importantes acontecimientos huyan de la ciudad, como el World Mobile Congress, que ella ha decidido mantener. Lo más duro será cómo resolver el problema del turismo, importante para Barcelona pero demasiado masivo en algunas zonas, agobiando a sus habitantes. Y sobre el futuro de Catalunya, que no se olvide que Barcelona es importante.

Y lo que coinciden ambas es en la gente pobre, que necesita ayuda ya, que no vive en barrios ricos y pierden sus casas. Esa es la que espera que ellas cambien su ciudad, cada una con su estilo y según las costumbres locales.