Casi todos los días tenemos noticias de violencia de género, de asesinatos o de accidentes. Por desgracia, estos sucesos ocurren y los hemos tomado como habituales, cuando no deberían serlo.

El bullying, por el contrario, parecía que se estaba controlando de una forma paulatina con concienciación y sobre todo, porque estamos viviendo en una era de interconexión global, las mentes de los jóvenes están más abiertas que nunca.

Varias noticias sobre acoso han saltado a la actualidad y nos hemos caído en la cuenta de que hasta la violencia sufre evoluciones. En el caso del bullying, eso de armar trifulcas a la salida del instituto o insultarse a gritos ya está pasado de moda. Los sucesos actuales nos han despertado de nuestro sueño wonderful de paz mundial y han dado de lleno en nuestra ética y moral. El acoso se desinfla de forma física, para traspasar las pantallas…de los teléfonos móviles. El ciberacoso se vuelve 3.0.

Aunque siempre hablamos del control parental, de que los jóvenes deben aprender un buen uso de las nuevas tecnologías y de que los dispositivos en el centro escolar están vetados, siempre existe alguna ventana por donde estos acosadores actúan de forma exhaustiva. Los datos que ven la luz son bastante alarmantes, uno de cada cinco adolescentes de 12 a 15 años ha sufrido en algún momento este ciberacoso. El modus operandi empieza con la intimidación en los centros, para continuar de forma online desde casa y así abarcar toda la vida social. Las redes sociales son las encargadas de mandar los paquetes a las víctimas que se ven atrapadas tanto en la vida cotidiana o como en la vida digital.

El bullying no es nuevo, pero la tecnología a su servicio ha hecho que esta práctica sea más accesible para los acosadores y más fácil de llevarla a cabo. El poder que nos otorga Internet es infinito, desde atacar bajo el anonimato, en grupos, hasta invadir por completo la vida que se lleva en las redes sociales, sin poder defenderse. La victima está completamente indefensa ante estos ataques. Pero no sólo este tipo de acoso se reduce al ámbito juvenil, sino que en la vida adulta encontramos también otro tipo de acoso, el mobbing. Una práctica de acoso llevada ha cabo en la vida laboral. Si pensamos que la educación es la solución, que formar a los jóvenes es la clave, creo que estamos equivocados. El mobbing es la prueba más demoledora.

Sin más, es una pena que en pleno siglo XIX este tipo de manifestaciones continúen haciendo daño a tanta gente y lo peor, es que casi nadie hace nada por evitarlo. Es verdad que identificar un caso así es complicado si la víctima no habla, pero el acoso físico tanto en los centros como en la calle, la gente lo ve, los profesores lo ven…pero todos callan como cadáver en el cementerio.