¿Quién no ha hecho nunca esa pregunta? Nadie se libra de ello, ni siquiera los padres que tanto se quejan del vicio al teléfono de los jóvenes de hoy en día. 

Y aunque no haya WiFi. Entras a cualquier cafetería, de cualquier ciudad de España, y ves a grupos de gente de todas las edades inmersos en sus teléfonos. De vez en cuando se enseñan alguna imagen graciosa, se mencionan en un tuit o cuelgan  una foto de lo bien que se lo estan pasando mientras se ignoran unos a otros debido a la adicción que crean los teléfonos móviles.

El resto del tiempo, la conversación es nula. Incluso en aquellas ocasiones en las que la familia se reúne después de meses, no podemos evitar echarle un ojo al móvil.

La tecnología está avanzando con los años. Cualquiera se acuerda de los móviles Nokia de teclitas capaces de romper una pared que usábamos hace ¿cuánto, diez años? Varias veces he escuchado un chiste relacionado con todo esto: estamos derivando hacia el homo smartphonus, con los pulgares más desarrollados y capacidad para esquivar farolas sin levantar la mirada. Y al que le importa más tener mil amigos en las redes sociales que conocerles en la vida real.

El punto más preocupante de todo este asunto son los niños. Por no decir a sus niños que no, los padres regalan tablets y teléfonos de últimísima generación a chavales de apenas ocho o nueve años.  A veces he llegado a ver a niños mucho más pequeños mandando mensajes desde los móviles de sus padres con total naturalidad.

¿Realmente es ésto a donde queremos llegar? ¿A una sociedad de personas abducidas, que no se dan cuenta de lo que pasa a su alrededor? Yo he vivido un poco entre las dos eras, y he de reconocer que soy de esas personas que desbloquean la pantalla del móvil y la mira durante unos segundos, a pesar de no tener ninguna notificación.

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Aunque también tengo que decir que todo era más fácil cuando tus palabras no se podían malinerpretar porque las decías a la cara, y cuando podías tener una conversación más fluida con los amigos. #Telefonía móvil