El fútbol siempre ha desatado pasión en España. Y ésto es así, y será así por siempre. Ya es tradición casi tan arraigada como el flamenco bajar al bar con los amigotes, tomarse unas cervezas y unas aceitunas mientras gritamos a los jugadores a través de la pantalla. Como si nos fueran a escuchar y decidieran seguir nuestro consejo correr hacia el lado que les decimos.

Es estupendo identificarse con un deporte, con un jugador, incluso con los valores que se defienden. Hay algunos que consideran el Fútbol un modo de vida; y no se lo reprocho. Ya desde pequeños, los hay que se calzan unas botas por primera vez y no las sueltan nunca.

Los hay que defienden el escudo del equipo del colegio con sudor, lágrimas, y a veces sangre, esguinces y roturas. Los hay que hablan de esfuerzo, sacrificio y trabajo en equipo.

Yo también he jugado a darle patadas a un balón y a defender una portería, también he animado a mi equipo y a mi selección, y no diré que no me gusta. Sin embargo, es hora de salir del campo y volver un poco a la realidad. Mientras hay gente que gana millones de euros al año por perseguir un balón, hay profesores y médicos que cobran una miseria. Menos mal que unos nos educan y otros nos salvan la vida, mientras que un futbolista nos aporta... ¿qué?

Hay profesionales bien formados que literalmente huyen del país en busca de un futuro mejor, muchos sin esperanza de poder regresar a trabajar algún día en España.

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Hay familias, muchas con niños pequeños o personas mayores a su cargo, cuyas economías diarias no se sostienen. Los ancianos son desahuciados, los estudiantes apenas pueden permitirse pagar un año en la universidad, y los que pueden tiene la mente puesta en aprender idiomas para salir cuanto antes al extranjero.

Por no hablar de corrupción. Ni de calentamiento global. Ni de muchas otras cosas que afectan a nuestro entorno mucho más de lo que nos pensamos, pero que nos negamos a ver por culpa de un tiro de penalti. Pero España es así; un país de charanga y pandereta. Y nos va a costar cambiar.