No puede decirse que el problema de la #Inmigración sea algo nuevo. España e Italia llevan muchos años enfrentándose a pateras naufragadas en sus costas, y tanto nuestro país como Grecia han construído altas vallas fronterizas que han sido protagonistas de numerosas noticias de intentos de asaltos.

Hasta ahora, la solución de los gobernantes era esa: contruir barreras más altas. No se les pasaba por la cabeza la frase "si me pones un muro de 5 metros, pondré una escalera de 6". Se escandalizaban al ver cómo cientos de personas, después de un largo camino hasta Melilla, se jugaban la vida por escalar los 6 metros de valla.

No entendían que pagaran altas cantidades de dinero por embarcar en una patera con pocas probabilidades de llegar a su destino.

La pregunta que se hacían era ¿cómo pueden poner así su vida en peligro? En lugar de reflexionar sobre los motivos que les movían a actuar de esa manera. Si una persona no tiene una vida, no tiene posibilidad de seguir adelante, ¿por qué no arriesgarlo todo por una pequeña esperanza?

La pregunta que yo me hacía no era por qué se arriesgan así, sino ¿qué situación tendrán en sus países de origen para que prefieran el nuestro, para que se expongan tan aventuradamente? Pero esta semana, al ver organizar reuniones urgentes a los ministros de la #Unión Europea, mi duda es otra: ¿por qué ahora? ¿Cómo pueden considerar urgente un problema que lleva años desarrollándose?

Sabiendo los intereses que mueven al mundo, sin duda debe haber algo más detrás de los 800 muertos cifrados por ACNUR.

Vídeos destacados del día

¿Al ser tantos debieron hacer demasiado ruido? ¿O qué es lo que ha pasado para que ahora se preocupen en arreglarlo?

Pero mayor fue mi sorpresa al leer que el primer ministro italiano, Matteo Renzi, proponía como solución una misión militar que eliminase el origen del problema: controlar los puertos y playas, destruir los barcos en los que se transporta a los inmigrantes y detener a los traficantes de "la nueva esclavitud del siglo XXI". Yo que pensaba que el origen de estas olas masivas de inmigrantes era el hambre, la pobreza, la guerra.

Nuestro ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, José Manuel García- Margallo, se mostraba de acuerdo y pedía "más control en los países de origen". Me ha sacado de dudas al recalcar que no pueden considerar a estas personas como refugiadas y ha aclarado en la Cadena Ser la diferencia entre asilo e inmigración, "dos fenómenos distintos".

El inmigrante, según la Real Academia de la Lengua, viaja con la "idea de formar nuevas colonias o domiciliarse en las ya formadas".

El refugiado, por haber guerra en su país de origen, se ve obligado a buscar refugio en otro. García- Margallo explicaba que "el asilo es por motivos políticos" y que "la inmigración responde al hambre y la pobreza".

Pero se le olvidaba decir que, en muchos casos, el hambre y la pobreza van de la mano con una situación política caótica. Las guerras dejan a las personas sin casa, sin trabajo, sin nada que comer. Les llevan a la desesperación y les obligan a buscarlo en otros países, cueste lo que cueste.

Nuestros ministros sólo ven los euros que cuestan estos rescates y estas devoluciones, y prefieren hundir barcos en Libia que afrontar el verdadero problema de origen. Nadie se preocupa de solucionar las situaciones en las que vive esta gente, prefieren mirar para otro lado.¿Cuántas personas más tienen que morir para que se haga algo?