¿Qué ocurre, cuando el cuarto Poder, los medios de comunicación, pierde su esencia? ¿Qué ocurre, cuando damos por hecho que es una marioneta impotente a la merced de los poderosos del día? Y, ¿qué clase de sociedad refleja este no-periodismo? ¿Qué ha pasado con la prensa libre, integra, incorruptible, uno de los símbolos de la sociedad contemporánea?

El célebre autor de "El nombre de la rosa" acusa al periodismo de hoy en su última novela "Numero Cero", publicada el 9 de abril por la editorial Lumen. El periodismo se ha convertido en un negocio barato y sobrevive atendiendo los intereses de los poderosos del día, es degradado a un juego de titulares, una búsqueda de lo espectacular barato.

El periodista Colonna es encargado de editar un periódico que nunca verá la luz del día, que es creado para hurgar en la ropa sucia de personas con influencia para poder chantajearlos. El periódico no informa de las noticias, es un periódico que crea sus noticias, sus desmentidos de noticias, y sus propios desmentidos de los desmentidos.

Hay una melancolía resignada, o resignación melancólica, que emana el protagonista de la novela. Ha aceptado la imagen del fracasado y se identifica con ella, incluso intenta cumplir con lo que se espera de un fracasado, para seguir siéndolo. Esta búsqueda de la comodidad forma, para bien o para mal, parte de la naturaleza humana. ¡Qué fácil es aceptar una imagen negativa de nosotros mismos! La comodidad, la inseguridad, la impotencia nos hacen conformarnos con etiquetas que otros nos quieren pegar.

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Una mezcla de cinismo, desconfianza y resignación es lo que comparten los personajes de "Numero Cero".

El ser humano, el ciudadano consciente de sus obligaciones para con la sociedad es una especie extinta. El ciudadano con derechos, miembro integro de su sociedad, la victoria más importante del Occidente desde la Revolución Francesa, es insignificante, sustituible, eliminable en cualquier momento, sin consecuencias. Es una sociedad la suya que moralmente ha tocado fondo.

El periodista Braggadocio, que está detrás de asuntos secretos, es hallado muerto en uno de los callejones oscuros de Milán, por un disparo en la espalda. Y no sabemos si estuvo delirando o sus descubrimientos tuvieron algo alarmante. El doble de Mussolini, ¿lo hubo? Eco cita el informe de la autopsia del Duce y despierta la duda. ¿Fue ejecutado y luego despedazado por la masa sangrienta, o esperó en Argentina su resurrección? El stay-behind, la Operación Gladio, el asesinato del Papa Luciani, ¿fantasías de un paranoico, o hechos tronantes? Las conjuraciones son una debilidad del autor de "El nombre de la rosa", y él no renuncia a ellas en su última obra.

Los callejones oscuros, estrechos, los viejos canales, en parte enterrados, los antiguos edificios con puertecitas olvidadas y llaves oxidadas, dan un punto gótico a la novela, crean una Milán secreta, desprenden el olor de la amenaza, la sensación de sentirse amenazado.

Una leve brisa de alivio es el amor entre Maia y Colonna: tiene algo puro, casi inocente. Auténtico. Es el amor que hace a Colonna encontrar la fe en sí mismo, eso si: a su manera. "La vida es llevadera, basta conformarse", es la última frase del protagonista. ¿Es un final amargo? No tanto. ¿Agridulce? Apenas. ¿Previsible? Más bien. Y esto es lo verdaderamente aterrador.