El mundo no está consternado. Europa no se viste de luto. El drama de la #Inmigración no cala muy hondo y eso que esta semana el mar se ha jugado la vida de alrededor de mil inmigrantes. Y resulta que es responsabilidad de todos: del gobierno italiano, de la Unión Europea, de los países precarios que se dejan atrás, de los medios de comunicación y del ciudadano de a pie que condena estos sucesos a una indiferencia y a una carencia de empatía, que casi raya lo espeluznante e inhumano.

Parece que una noticia titulada "mueren mil inmigrantes en el Mediterráneo" no nos impacta, o no lo suficiente, como si el matiz de individuo que migra de su país a otro le restara valor a su vida, le hiciera merecedor de esta pasividad con la que engullimos su miseria, de tan lejana que la sentimos, de tan poco que nos salpica y nos conmueve.

Puede que pensemos que cada uno ya tiene suficiente con sus rutinas, sus contratiempos, su eje y sus pequeñas tragedias cotidianas como para permitir que esta noticia le consterne, le indigne, le emocione, le subleve. Pero hemos visto a un país rebelarse por las injusticias y corrupciones, disgustarse por noticias como la del avión de Germanwing, enfadarse por la mano larga de Rato, llorar por películas, libros, fútbol, amores…

El ser humano no está vacío, siente y padece mucho, sólo que es muy selectivo y le han enseñado muy bien el juego de las siete diferencias: son pobres, son negros, son de lejos, son demasiados, son una carga, son una amenaza, son peligrosos. Puede que estos matices estén tan interiorizados que no consigan hacernos llegar la esencia y la magnitud de lo que ha ocurrido y sigue pasando, puede que por eso su huracán no nos despeina ni un pelo.

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Por lo que he decidido contarlo de otra manera...

Resulta que la semana pasada han muerto mil personas ahogadas en un viaje a la tierra prometida, repleta de sueños, esperanzas, una vida nueva, un nuevo hogar. Gente con familia, historia, recuerdos, una fecha de cumpleaños, unas pocas manías, una risa peculiar o divertida o sincera, o quizá gente sin risa porque llevan a sus hombros arrastrando mucho dolor, hambre y penurias.

Puede que estas personas estuvieran viajando en esa patera inestable y condenada con amigos, o hermanos o hijos y hayan tenido que sufrir la impotencia de sentir acercarse su destino final sórdido, hayan tenido que escuchar las lágrimas de los suyos, los gritos de auxilio, el miedo en las venas, el querer aferrarse a su propia vida y sentir como a ésta le está llevando la corriente.

Esto no es una noticia, ni una crónica de sucesos, es una tímida reivindicación, un zarandeo a nuestras conciencias, un grito apelando a nuestro lado más humano. Y ojalá, si es que no nos despeina, al menos nos revuelva el pelo.