Se llamaba Abel Martínez Oliva, tenía 35 años, era de Lérida, impartía clases de Ciencias Sociales en el instituto Joan Fuster de Barcelona, era un apasionado de la historia, amante del deporte, aficionado a los cómics y del Fútbol Club Barcelona.

Pero la mayoría de la gente no sabe todos estos datos. Le conocen sólo como el profesor fallecido en el instituto a manos de un alumno. Sí que sabrán seguramente que dicho niño tiene 13 años, que sufrió un brote psicótico, que iba armado con una ballesta y un machete, que llevaba un cóctel molotov de fabricación casera y que había confeccionado una lista de personas a las que quería atacar.

Al margen de si estaba en tratamiento psicológico o no, y dejando a un lado que la ballesta que portaba era un regalo que le habían hecho a su padre años atrás, me pregunto hasta qué punto es normal que un chico de esa edad tenga en su habitación dos escopetas de balines, ballestas artesanales fabricadas por él mismo y un machete "de grandes dimensiones", tal como han explicado fuentes judiciales que han encontrado en el registro llevado a cabo en su domicilio.

Por supuesto, también conoce todo el mundo al que fue el héroe de la jornada, David Jurado Fernández, al que hemos visto, oído o leído relatar cómo redujo al menor. El profesor de educación física consiguió, usando sólo las palabras, que soltase las armas, y le tranquilizó mientras llegaban los Mosso d'Esquadra. Ha declarado que su "único objetivo era desarmarlo sin hacerle daño". Todos le agradecen que no hubiese más víctimas.

Parece que algunos no caen en la cuenta de que Abel también ayudó a evitarlo. De hecho, antes de recibir la puñalada mortal en el tórax, estaba en su aula, del que salió al oír los gritos de una compañera y su hija, que estaban siendo atacadas y a las que defendió con su propia vida.

Ambos profesores, David y Abel, son héroes. Seguro que ambos hubiesen preferido no merecer esa etiqueta y que el trágico suceso no hubiese ocurrido, pero sólo uno puede confesarlo. Probablemente los dos sintieron la misma confusión al intentar hacer entrar en razón a su alumno, pero sólo uno puede contar la historia a los medios y pasearse por los platós. Y claro, eso vende más.