Para un admirador es difícil encajar noticias así, pero a veces no hay más remedio que asumirlas porque la realidad, por muy dura que sea una película, siempre duele más que la ficción que la retrata. Y es que saber que uno de los mejores actores que ha dado la interpretación mundial se despide de las cámaras, es algo que quienes hemos seguido su carrera y la hemos admirado hasta el delirio, no querríamos escuchar o leer nunca.

Pero así es: Carmelo Gómez, el gran Carmelo, lo deja, abandona los platós porque no puede más con tanta prueba y tanta humillación, según publican varios medios nacionales con motivo de la presentación de Tiempo sin aire, uno de los trabajos que aún le quedan por estrenar.

Cuando nos lleguen además La playa de los ahogados y La punta del iceberg, poco más veremos ya a este leonés que Julio Medem descubrió para los espectadores en Vacas, a principios de los noventa.

Desde entonces muchos han sido los títulos en los que ha intervenido, y recordarlo en Días contados, El perro del hortelano, Territorio Comanche, Secretos del corazón, El viaje de Carol, El método, La noche de los girasoles o Silencio en la nieve no ayuda a que llevemos bien su alejamiento voluntario de la pantalla. Al contrario, la sola idea encoge el alma y provoca la sensación de que alguien que no lo merece ha de marcharse de un pueblo helado para buscar en otro temperaturas más acogedoras.

Una lágrima asoma, contenida, cuando se recuerdan los tiempos en que Carmelo despuntó en Días contados, haciéndose con uno de los ocho Goyas que la película obtuvo.

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Lo tenía todo para triunfar y lo consiguió, con esa mirada intensa que lo caracterizaba, pero que podía ser también muy dulce si el papel lo requería, caso de La carta esférica, en la que tenía momentos románticos de un nivel apabullante.

La voz, ese material tan valioso con el que cuentan los mejores actores, es otro de los elementos que nos van a faltar al recordar que una vez, en las mismas pantallas que hoy proyectan otro título, tuvimos la oportunidad de escuchar uno suyo. Eso sí, seguiremos disfrutando de ella en las obras teatrales que interprete, porque las tablas no las deja. 

Ese directo portentoso que crea la cuarta pared va a continuar siendo testigo del arte de uno de los nombres más imprescindibles que ha dado la profesión. Aún así no todos tendrán la oportunidad de verlo en el escenario, ni siquiera si se plantean giras con las obras, pero los que puedan asistir a sus funciones guardarán en la memoria esas pequeñas dosis de maestría como un tesoro que viene a sumarse a un pasado que ya no será futuro pero que siempre estará presente.