"¡Enséñame la pasta!" gritaba Tom Cruise en Jerry Maguire incitado por Cuba Gooding Jr., quien ganó el Oscar al mejor actor secundario por su trabajo en ella, o "Not my tempo" que es lo que J. K. Simmons le dice, en un tono bastante alterado, como casi todo lo que pronuncia en Whiplash, a los alumnos que tienen la suerte, o la desgracia, de ser elegidos como tales y no acierten a adecuarse a la entradas que señala ni al ritmo de los compases que marca. Personajes que han quedado en el imaginario colectivo como grandes referencias que acuden como ejemplos a la mente de aquellos a los que se les pregunta por trabajos cinematográficos memorables.

Por otro lado, en el interrogatorio acerca de quién ordenó el Código Rojo en Algunos hombres buenos, también con Cruise al frente del reparto, Jack Nicholson gritaba sin dejar de asustar con la mirada.

Pero eso pasa bastante más desapercibido, los gestos se nos quedan menos grabados que los gritos, los personajes cotidianos como los interpretados por Bruce Dern en Nebraska o Richard Jenkins en The visitor apenas reciben eco en nuestra memoria. Sí, se admiran, constituyen verdaderos logros que la pantalla tarda en recibir porque se estrenan tarde y a cambio rechaza con facilidad porque no suman el público que merecen. Si este mismo año Steve Carrell en Foxcatcher hubiera gritado en lugar de susurrar, no solo habría dado el mismo miedo que logra inspirar sino que habría sido uno de los favoritos para ganar el Oscar, en vez del Michael Keaton de Birdman, por el que muchos apostaban aunque finalmente tampoco lo ganara.

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¿Por qué tiene más aceptación en nuestro esquema mental un personaje con inclinación a lo provocativo en lugar de hacerlo otro por el mérito que supone la composición de un perfil rutinario? Sospecho que uno de los factores se encuentra en la distancia que otorga la pantalla, en el hecho de que seamos meros observadores de lo que otros tienen que soportar. Ninguno estamos en la lista, pongamos por caso, de pacientes del doctor House (mítico ya, debido a su interpretación, el actor Hugh Laurie), y lo agradecemos por no recibir su desagradable trato, pero sí nos divierte ver sus capítulos porque no es a nosotros a quienes menosprecia.

Otro factor podría ser la admiración que provoca un personaje que pese a no comportarse de una manera socialmente convenida, resulta ser un espejo en el que a muchos les gustaría verse reflejados. El valor que desprende su fuerza es la coraza con la que a más de uno le gustaría vestirse, pero al no disponer de ella, se limita a soñarla, y a ese modo de añorarla es donde la memoria, con gusto, se agarra.