Una imagen en la que una niña siria se rinde, llena de terror, ante una cámara ha dado la vuelta al mundo a través de las distintas redes sociales, convirtiéndose en viral en un breve lapso de tiempo; pero yo no quiero resaltar sin más este hecho, lo que más me ha llamado la atención despertando en mí un sentimiento de profunda indignación es observar cómo la mirada de una pequeña de tan sólo cuatro años de edad refleja el dolor y el miedo que se está viviendo en Siria desde que cinco años atrás se iniciase una guerra civil en este país asiático, que ya se ha cobrado la vida de más de 200.000 personas y ha obligado a más de 11 millones a abandonar su hogar.

Esta imagen corresponde a una fotografía que fue tomada por una periodista, de origen palestino, en uno de sus viajes que realizó a Siria. Esta fotógrafa no era consciente en aquel momento de la conmoción que dicha foto iba a causar en todos los rincones del mundo, después de compartirla ella misma en su perfil de Facebook.

Nadia Abushaban, la fotoperiodista de Gaza que tomó la imagen, la subió posteriormente a su cuenta de Facebook con esta descripción: "Fotografía tomada a una niña siria. Ella cree que tengo un arma y no una cámara; por ello se rindió"; y, a partir de ese momento, las redes sociales se han encargado de que la imagen dé la vuelta al mundo, causando gran conmoción e indignación entre sus usuarios y usuarias.

Seguramente, esta indignación no ha llegado ni llegará a remover las conciencias de todos aquellos políticos y gobernantes que se creen los dueños de los destinos ajenos, de aquellos que se creen con el poder de decidir quiénes van a morir o quiénes van a salvar sus vidas en la sinrazón de una guerra, en la que siempre son las personas más vulnerables quienes más pierden, quienes más sufren.

Y todo este sufrimiento está impregnado en la cara de esta niñita siria, de apenas cuatro años de edad; y cuya mirada, apagada, triste y atemorizada, es el fiel reflejo del suplicio que están viviendo, desde hace cinco años, los niños y niñas sirias, los seres humanos más vulnerables, a quienes esta maldita guerra -porque todos los conflictos armados son malditos- les ha robado su infancia, su tiempo para los juegos y su derecho a vivir feliz y libres de toda violencia, para sumirlos en un tiempo indefinido, oscuro y triste donde los únicos compañeros de juego son las bombas, los disparos y el miedo.