Un sonido efímero acompañado de una vibración. Ese instante que, por alguna razón, remueve nuestro estómago como si un cambio radical en nuestro mundo se avecinara. No importa lo que estemos haciendo o si tenemos las manos ocupadas porque nos sentiremos impulsados a mantener la mirada atenta a nuestro dispositivo móvil y comprobar el contenido de los mensajes. Es una curiosidad irremediable con alta carga enfermiza que necesitamos saciar al momento y en la cual seguimos incurriendo una y otra vez. Algo malo está pasando porque, sí amigos, hoy en día somos Whatsappdependientes.

Sería hipócrita por mi parte no conjugar estas frases con la primera persona del plural debido a que yo también me aludo en la causa.

Ya sea en un grado más leve, eso sí, pero el hecho de verme incapaz de arrojar el teléfono por la ventana y desprenderme de él eterna y definitivamente me obliga a ser uno más. No obstante, es salir a la calle, mezclarse con la muchedumbre y percibir una infinidad de detalles que alcanzan lo descortés. Y de eso sí que me abstengo.

Una amena tarde de Fifa (juego de vídeo consola popularmente conocido así) con los amigos que de repente se convierte en continuas pausas y demoras. Una situación en la que la frase "Espera, que me han mandado un WhatsApp" se perfila como el pan de cada día. ¡Y se quedan tan anchos! Un hábito que parecía infranqueable y que ni las propias mujeres han podido destruir, lo ha destruido el Whatsapp.

Pensad en el clásico amigo que no despega su cabeza del teléfono.

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¿Ya lo tenéis, verdad? Ese momento en el que echas una mirada de reojo y ¡bingo! está con el Whatsapp. El amigo se abstiene por completo de intervenir en la conversación que mantiene el resto del colectivo porque según él "estoy hablando de cosas más importantes". Si eso sirve de consuelo... ¿Una conversación importante, larga y tendida que requiere todo lujo de detalles por Whatsapp? Ahí tenéis una utopía. Sin lugar a dudas, la consideración brilla por su ausencia.

Y el colmo de los colmos. Una fiesta de cumpleaños en la que todos los amigos se congregan para disfrutar de una agradable velada. Comida rica, música en su justo nivel de decibelios para entrar en ambiente y poder mantener una conversación al mismo tiempo... La estampa es inmejorable, todo parece perfecto hasta que una persona acapara la atención de todos: "¡No hay wifi!" Entonces el nerviosismo y el desconcierto se apodera de todos los presentes. ¿Pero wifi para qué? Una pregunta osada en los tiempos que corren, parece ser.

¿Qué información escrita o gráfica puede ser tan importante y trastocar nuestro mundo para que ni siquiera disfrutemos de una fiesta de cumpleaños? ¿Acaso vamos a recibir, por ejemplo, la oferta de empleo de nuestros sueños durante la madrugada de un sábado? Y si realmente así fuera, ¿somos tan ilusos de pensar que eso va a suceder vía Whatsapp?

La comunicación tradicional se está devaluando a ritmo de crucero, pero lo peor es que se antoja verdaderamente difícil regenerarla. Nuestra dependencia por controlar los universos paralelos está lastrando la esencia del ser humano. Para hurgar más en la herida, se nos acopla el famoso 'doble check azul', una leve pena de muerte para los celosos compulsivos. Las miradas penetrantes, las sonrisas radiantes, los escalofríos ante una voz sorda y profunda... ¿os suena? Todo ello ha quedado en el ostracismo, pero en nuestra mano está recuperarlo.