Ayer, el presidente de este país, de esta España castigada con su austeridad, con su hipocresía, hacía en parte responsable a Grecia de nuestra situación. No sé si lo que pretendía era salir en la foto o quitarse el disfraz de villano y convertirse así en el superhéroe trasnochado de esta Europa vieja y decrépita. Lo cierto y verdad es que volvió a mentir y lo hizo con la poca clase que le caracteriza.

En esta intervención no habló de la corrupción de nuestro país, una corrupción, esa corrupción que parece ser que no ve, que no conoce, que no existe. No habló de los miles de millones de euros que se han quedado en bolsillos, en cuentas en Suiza, en negocios oscuros de conocidos, en obras de sedes, en contabilidad B, en tesoreros militantes y en militantes a secas.

No habló de su política represiva, de su "inyección a la banca", de sus recortes a la educación, a la sanidad, a los servicios sociales. No habló del paro, ni tampoco de su ley mordaza, de sus pactos, de sus desahucios, de sus comedores cerrados, de su supuesta creación de empleo, regresiva y abusiva para trabajadores y beneficiosa para los empresarios y los que medran.

No habló de la lista Falciani, ni tampoco comentó nada sobre las tarjetas negras y el abuso desmedido de la élite financiera.

No habló de sus pantallas de plasma, de sus ausencias, de su poca empatia con el pueblo.

No habló de Podemos (suena raro), ni de la herencia recibida, ni de los chavistas, ni de los bolivarianos, ni de sus brotes verdes, ni siquiera por no hablar, no habló de que somos el tren de Europa.

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Habló de los otros, de su insolidaridad. Intentó dar una imagen irreal de un pueblo que fue solidario cuando le tocó, un pueblo que intenta salir de este tsunami financiero, inmerso en una pobreza atroz y que optó por el dialogo y no por una política deshumanizada. Intentó vender al pueblo la canción de "échale a ellos la culpa de lo que pase".

Y la culpa, señor Rajoy, y el agujero de las arcas de nuestro estado, de nuestro bienestar, no es más que la avaricia desmedida del amiguismo, del trabajo sumergido de los piratas y bucaneros patrios, esos que llevan la bandera española en los calzoncillos, pero que tienen nuestro dinero en paraísos fiscales, estos si que son responsables de nuestra agonía y no precisamente el pueblo griego.

Pues bien, señor Rajoy, yo como mujer, adulta, parada y española, capaz de pensar por mi misma, sé que no haber subido las pensiones, que no haber subido los salarios, no es responsabilidad de otros, sino de ustedes, que siguen mirando para otro lado, por mucho que quieran vendernos en tertulias, crear un ambiente de pánico o una caza de brujas.

Ayer, en vez de arrimar el hombro, en vez de ver la terrible situación en que se encuentra el pueblo griego, solo les apuntó con el dedo. Pero cómo iba a ser capaz de ver a los demás, si no es capaz de ver a su propio pueblo.