La cita previa en un bar madrileño, con esas confidencias sobre las bebidas que Aguirre toma ahora y que antes no, aunque parezcan nimias, también muestran cosas del personaje, que hay que saber ver, aparte el lenguaje corporal y lo que dice entre líneas, por debajo del discurso archisabido que cualquier político suelta incluso cuando parece que está con la familia.

También resultaba chocante, para Évole y para el espectador, entrar en la sede del PP, donde él mismo, acertadamente, al ver la puerta provisional de la sede que sustituye a la de cristal destrozada por un parado hace semanas, la definió como "Ejemplo de la trasparencia de los grandes partidos". Toda la entrevista fue en ese tono, de vez en cuando ella soltaba perlas que podían, aunque sutilmente, ir en contra de su propio partido.

Como cuando decía que no pondría la mano en el fuego ni siquiera por Rajoy, o recurría obsesivamente a Podemos para usar la típica arma de los políticos, el "Y tú mas". Évole ya dijo que tuvo que documentarse tragándose horas y horas de Telemadrid para hablar con ella. Suponemos que entre ese material estaría la famosa entrevista de Germán Yanke a ella misma, que la desagradó tanto y acabó con Yanke defenestrado.

Pero lo que fue la "escena culminante", el equivalente a la Fontana Di Trevi de La Dolce Vita con la recientemente fallecida Anita Eckberg, dicho de manera irónica a tope, fue cuando Aguirre se da cuenta de la hora que es, y muy molesta, se arranca el micrófono y se va corriendo, casi sin despedirse de Évole y reprochándole que no la hubiera avisado. La buena educación que ella aparentaba todo el tiempo se convirtió en una demostración de chulería.

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Vamos, que ella empezó entrando como un Ferrari, segurísima de sí misma, como buena política con experiencia en saber comportarse, pero acabó como un Charlton Heston en la mítica entrevista que le hizo Michael Moore en Bowling for Columbine, levantándose y marchándose de repente por que no le gustaba que Moore le recordara que su defensa prepotente de las armas a toda costa provocaba a diario muertes violentas en EEUU como la de una niña a manos de un niño que jugaba con una pistola. O de Nicolas Sarkozy con una periodista americana, que la dejó plantada en mitad de la entrevista sólo por que ella le preguntaba por su divorcio de Cécilia. Espe, con ellos dos, formarían un trío legendario, Los Tres Groseros. Sí, ya sé que es un nombre muy tonto, parece un juego de palabras de una película de Mariano Ozores, pero si ellos fueron así, no les podemos llamar de otra manera.

Poco después, el periodista Herman Tertsch, ofendido por que Évole puso en duda la pluralidad de Telemadrid, soltó todo su repertorio de insultos sacados de novelones de los de antes para atacarle.

Jordi no se asustó y dijo en su Twitter que si hay quien les dice eso, es que lo están haciendo bien. Ana Pastor le apoyó, y Tertsch, rojo de ira, tiró nuevamente de diccionario para decirles de todo.

Se me ocurrió que otra pregunta a ella podría haber sido por los 15 millones de euros que dio a José Luis Garci en 2007 para la película Sangre de Mayo, recaudando sólo 700.000 euros. Que si habría sido mejor traer a Woody Allen para rodar Vicky Cristina Madrid, que habría tenido más éxito, o mostrar el Dos de Mayo como en las películas de Harry Potter, entonces de moda, con Lord Voldemort como un general francés invasor, o como Los Juegos del Hambre, que así la gente joven hubiera ido más a verla.