Hay cosas que no acabo de entender. Europa, la vieja Europa que se regocija y se muestra orgullosa de haber sido la cuna de la democracia, ahora se vuelve gris, más gris que nunca. Hace ya una semana de las palabras en las que la canciller Angela Merkel mostraba su intención de echar a Grecia de la zona euro si sus elecciones eran ganadas por Syriza, por lo que ella denomina la izquierda radical.

Pensábamos que el despotismo había quedado ya atrás al instaurarse el movimiento liberal por prácticamente toda Europa durante el siglo XIX. Sin embargo, parece ahora volver en su vertiente moderna, ofreciendo su cara menos amable y, lo que es peor, sin pretender disimularlo. La líder alemana no muestra vergüenza alguna en erigirse como portavoz de una Europa que se rinde a sus deseos y osa atreverse a tan tediosas palabras. Es sabido que no es legal expulsar a ningún país de la eurozona sin más, pero el mero hecho de haberse atrevido a amenazar de esa manera dice mucho de quién es la canciller y en qué se ha convertido dentro de la Unión Europea, en parte gracias al beneplácito de los líderes de otros países que besan por donde pasa. Más que el hecho o no de la amenaza, difícilmente conseguible, lo peligroso es, bajo mi punto de vista, creerse capacitada para querer expulsar a alguien de una institución si no le gusta lo que dicen las urnas.

Europa, y con ella el partido de Merkel, ha defendido a capa y espada la democracia. Sin embargo, y pasa también en otros países europeos, a muchos se les olvida que la democracia puede llevar al poder a partidos e ideologías que no son de su agrado, sin que eso signifique que sean menos legítimos o estén menos preparados que ellos mismos. El sistema está podrido, y de eso no hay duda. Y no hay nada más evidente que ese hecho que explique el surgimiento de nuevas organizaciones y partidos que pongan el sistema del revés, no para acabar con él, sino para modificarlo y mejorarlo de raíz. Son los propios Rajoy o Merkel quienes les han puesto en bandeja su existencia. Ante esto, el tradicionalismo vende el miedo, hasta tal punto que llega a cuestionar si se lícita o no la existencia de dichos partidos.

Como ante eso todavía no podemos obtener respuesta, mi pregunta sería si es o no lícito lo que muchos gobernantes, ya asentados desde hace mucho en el poder, se han atrevido a hacer con la ciudadanía. Así que menos palabrerío y más hechos. Porque de haber sido así, otro gallo cantaría.