La pornografía de niñas de países pobres como Tailandia y otros estados es un negocio en el que se lucran países del Primer Mundo y en el que los clientes son gente con muchos medios económicos.

Este hecho de abusos a la infancia debería estar estar más que prohibido. La infancia es sagrada, niños que sufran abusos por otra gente no se debe consentir bajo ningún concepto. No se puede comprender el sufrimiento de niños y niñas, que rompan la inocencia y se conviertan en objeto de placer de otros por dinero.

Hay muchas ONGs que protegen a la infancia, no sólo dándoles de comer, sino formando a los niños para que puedan salir adelante con algún oficio o trabajo digno.

Todo el dinero en educación y en formación a esos niños es el mejor empleado. Si invierten en enseñar a las familias oficios, esos niños, cuando sean mayores, aprenderán dichos oficios. Sería una solución, mejor que emplear a estos niños como objeto de placer.

Todo niño tiene derecho a la educación y a una infancia feliz, no se entiende el sufrimiento de las pequeñas y pequeños que son abandonados por sus padres y obligados a prostituirse.

En Filipinas, cuando ha estado el Papa Francisco en una reunión con niños, una chica comenzó a llorar y preguntó al Papa cómo puede Dios permitir que los niños y niñas sufran. El Papa no supo la respuesta y esta niña, sin darse cuanta , nos espoleó a los que escuchamos sus lloros a no permitir el dolor en los pequeños y a impedirlo de la mejor manera posible.

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El misterio del dolor en el mundo no se puede comprender, pero en muchas ocasiones es provocado por la libertad de cada hombre que no quiere actuar según las instrucciones de Dios, el amor a todos.

Esos lloros de la niña en Filipinas me ha hecho reaccionar y pensar ¿y yo, cómo evito el mal en mi, en mi familia, entre mis amigos, en mi trabajo? De lo que hagamos en cada momento dependen muchas cosas grandes.

El Papa Francisco trató a la niña con mucho cariño y le intentó consolar, pero la chica no paraba de llorar. Es una pena ver a niñas tan pequeñas que se han tenido que prostituir y dejar manejar por otras personas como si fueran una cosa, como objeto de placer.