El gran carnaval es una película de 1951, dirigida por Billy Wilder, aquel cineasta judío austríaco emigrado a Estados Unidos en 1934, que empezó con dramas pero luego pasó a comedias. Antes de ésta satirizó despiadadamente a Hollywood en El crepúsculo de los dioses, y en ésta es el Periodismo sensacionalista, incluyendo al público, que no sólo participa extasiado del morbo sino que se deja manipular patéticamente.

Su protagonista, Charles Tatum (un genial Kirk Douglas) es un periodista expulsado de 11 periódicos y sin ningún escrúpulo, cínico y egocéntrico, que acaba trabajando en un mediocre periódico de Nuevo México.

Un día, por casualidad, descubre que un hombre está atrapado en una cueva y monta un circo, casi literalmente, para rescatarlo, para relanzarse en el Periodismo a lo grande y de paso es utilizado por otras personas con menos escrúpulos que él.

Pero la cosa no sale como esperaba, sobre todo por su ambición desmedida, y todo acaba como una tragedia de Shakespeare, con uno de los finales más secos, claros e implacables del Cine. No fue bien recibida en su momento por que Wilder atacaba con su crítica a todos, periodistas y espectadores. El director lo resumía así, sin piedad y lúcidamente: "El final de la película estropeaba [a los espectadores] la diversión, ya no podrían presumir de haber participado en un rescate, sino que desde la pantalla se les decía que eran unos miserables y cómplices de un asesinato".

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Mientras veía la película hoy mismo en la Filmoteca, me venía a la cabeza otro periodista, un personaje real, que tengo la "suerte" de ver cada vez que voy como público al programa La Sexta Noche. Ese es Eduardo Inda, el periodista de El Mundo, el que se tiene a sí mismo como el azote de los corruptos, el defensor de la gente decente.

¿Y por qué? ¿Qué tienen en común el odioso personaje de ficción Charles Tatum, capaz incluso de manipular a la esposa de un hombre atrapado en una cueva con tal de volver a triunfar como periodista con la exclusiva del siglo, e Inda? Más de una cosa, desgraciadamente. Aunque Inda no lo muestra tan abiertamente como Tatum.

Inda es discípulo de alguien que llevó su falta de escrúpulos y su ego a cotas altísimas. Su nombre es Pedro José Ramírez, ex jefe suyo. Hace un año fue cesado como director de El Mundo. Su falta de escrúpulos y su creerse que el mundo le debe todos los premios habidos y por haber le hizo odioso para mucha gente, aunque algunos le pusieran como si fuera un superhéroe.

La sonrisa irónica cargada de aires de superioridad a toneladas que transmite Inda cada semana hace que sea un Charles Tatum de andar por casa. Claro que los hay peores, como Federico Jiménez Losantos, al que perjudica su mala uva y su temperamento excesivo, o Hermann Tertsch, otro igual, incapaz de hablar sin un adjetivo despreciativo hacia terceros a punto de salir por su boca.

Tatum es de otra cultura, otro país, otro mundo, incluso cuando había otro tipo de valores morales. Pero los que he mencionado, que les gusta creerse los salvadores de la Humanidad, son capaces de encumbrar o de hundir para siempre a cualquier persona. Los hay en cualquier cultura, país, mundo… Y nosotros nos dejamos embaucar por ellos.

La familia de El gran carnaval, caricatura de la familia americana, unos Simpson aún más grotescos, podríamos ser cualquiera de nosotros, a los que Tatum/Inda/Pedro Jota/Losantos/Tertsch manejan como marionetas. Podemos amar u odiar como ellos quieran.