Los medios de comunicación de Catalunya han resaltado lo que parecía evidente desde un principio: que la supuesta petición en forma de miles y miles de familias que deseaban la educación en idioma castellano como agua de Mayo era pequeñísima.

Hace meses, el Gobierno Rajoy lanzó la Ley Wert con la obligación que parecía que quien la contraviniera, acabaría en la cárcel, en el descrédito más absoluto, su familia sería vista mal de por vida, sus hijos tendrían que ser dados en adopción a españoles de bien… Eso se hacía en el franquismo con la impunidad más absoluta. No digo que Rajoy hubiera hecho lo mismo con el Gobierno catalán, que no podía, pero cuando se lanzó esta Ley, parecía que no había alternativa.

Se olvida la derecha española de que en lugares con dos lenguas, la más débil es más protegida, pues la más fuerte la habla cualquiera. Todas aquellas súplicas de Ángel Acebes cuando era Secretario General del PP con que “El castellano está en peligro de extinción” en Catalunya, se esfumaban en el acto si dabas una vuelta por cualquier parte de la Comunidad.

Lo mismo cuando el alcalde de Castelldefels, uno de los pocos del PP catalán, iba diciendo que las maestras de escuela castigaban a niños que hablaran en castellano en los recreos. Jordi Évole fue con él a hacer un reportaje para “Salvados”, y los propios niños y las maestras dejaron en evidencia al propio alcalde, que aunque sonreía como si no pasara nada, había quedado mal, ya que no había ni castigos ni nada. Aquella presunta persecución lingüística no existía. Además, luego hablarían catalán si hacía falta.

Mucha gente acepta que el catalán es lengua oficial, incluso el cine extranjero lo ha mostrado, como en la película francesa “Una casa de locos”, de 2002 (pésimo título español de “L’auberge espagnole”), rodada casi toda en Barcelona, en donde la estudiante belga Isabelle (Cécile De France) quería convencer al Profesor de Económicas de la Universidad (Pere Sagristà) de que diera sus clases en castellano en vez de en catalán: “Somos más de 15 estudiantes de Erasmus que no hablamos catalán, y para usted no es un problema hablar español”. El Profesor se mosqueó con aquella petición, sobre todo viniendo de alguien que viene de Bélgica, donde las películas no habladas en francés se subtitulan en francés y flamenco a la vez, y le contestó: “Mire, señorita, la comprendo, de verdad, la comprendo perfectamente. Pero usted me tendría que comprender a mí. Estamos en Catalunya, y aquí el catalán es lengua oficial. Si quiere hablar español, se va a Madrid o se va a Sudamérica”. Además, tenía razón él con que la mayoría de sus alumnos asistentes hablaban o comprendían el catalán sin quejarse.

Es más, en Catalunya nos acordamos de que en el Québec, provincia canadiense con su propia manera de ser, más francesa que anglosajona, donde sus películas pueden participar en el Óscar de habla no inglesa sin problemas (lo ganó la magistral “Las invasiones bárbaras” el 2004), donde la mayoría son católicos y todo es allí en francés. Lo que no quiere decir que los quebequenses no conozcan el inglés, que lo hablan.

Todo lo que se ha dicho sobre la polémica catalán-castellano se conoce de sobra. Pero ciertos medios han mostrado todo tan falsamente que parece más un choque cultural que otra cosa, como cuando los americanos vienen a Europa o al revés, algo que ya hemos visto en películas como “Macarroni” de Ettore Scola, enfrentando al americano Jack Lemmon con el ambiente de Nápoles.