El Gobierno de España está a punto de aprobar un plan de incentivos económicos para que comunidades autónomas, ayuntamientos y propietarios se animen a permitir prospecciones petrolíferas en su territorio, incluso aunque se utilice la técnica del fracking para dar con el oro negro.

Aznar creo la burbuja inmobiliaria con la economía del ladrillo y Rajoy quiere destruir nuestros recursos naturales y paisajísticos con la economía del petróleo. Bueno, más que con la economía del petróleo, con prospecciones para verificar que aquí podríamos desarrollar una economía del petróleo. Por supuesto, es poco probable que la intención del Gobierno al fomentar las prospecciones petrolíferas sea recuperar la economía española.

Más bien, parece que lo que se pretende es favorecer a empresas como Repsol y otros gigantes del sector.

Pero, en cualquier caso, incluso aunque seamos generosos y supongamos que las intenciones del Gobierno son nobles, no por ello podemos negar que, en todo caso, son gravemente erróneas. Incluso miembros del mismo Partido Popular, que gobiernan en las comunidades autónomas, se oponen a los planes del Gobierno. Así se ha expresado Núria Riera, la portavoz del Gobierno de las Islas Baleares: “Si en Madrid se piensan que es cuestión de hacer dinero con el petróleo, es que no entienden nada”.

De nuevo, Núria Riera podría estar pensando en los intereses de los grandes empresarios del sector turístico, que tienen uno de sus fuertes en las Islas Baleares. Pero, con todo, tales intereses particulares coinciden con los intereses generales.

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Desde luego, la economía del petróleo solo satisface unos pocos intereses particulares, a un precio demasiado alto.

Ya hemos supuesto que el Ejecutivo central actúa con intenciones benévolas, sigamos fingiendo que creemos tal cosa. ¿Es introducirse en la economía del petróleo una buena estrategia para generar empleo, crecimiento y prosperidad económica? La respuesta es no. En el mejor de los casos, los pozos de petróleo reactivarían la economía durante un breve periodo de tiempo, de modo similar a como ocurrió con el ladrillo.

Pero el petróleo se agota y el que haya en España, si llegara a explotarse, se agotará igualmente. De nuevo, volveremos a un estado de crisis económica profunda, similar a la crisis del ladrillo, pero peor en algunos aspectos: la economía del petróleo es sucia y contaminante, destruye el paisaje y, con ello, se lleva por delante otras fuentes de riqueza más duraderas, incluso perennes.

Desde luego, para un país ser productor de recursos estratégicos supone dos tipos de ventajas: geopolíticas y económicas.

Ahora bien, cuando se gobierna un país hay que pensar hacia el futuro medio y lejano, además de en el presente. Si con la economía del ladrillo, basada en el préstamo fácil, les robamos a las generaciones del futuro sus recursos económicos, la economía del petróleo les dejará, además, sin recursos naturales y paisajísticos, en un terreno baldío, lleno de enormes estructuras metálicas abandonadas y yermo.

Entonces, ¿no hay alternativa? La respuesta es depende. Si lo que queremos es reactivar la economía española, que fluyan los ingresos entre la población y que esto les permita consumir, entonces hay decenas de alternativas viables y con mayores posibilidades de éxito, sobre todo a medio y largo plazo. Ahora bien, si de lo que se trata es de enriquecer y satisfacer ciertos intereses particulares, entonces las alternativas resultan poco atractivas. Por cierto, a partir de aquí ya no hace falta que sigamos fingiendo que creemos que el Gobierno central se mueve por el interés general.