Hace casi cuatro años empezó a extenderse el rumor infundado que aseguraba que las Redes Sociales serían el nuevo instrumento de protesta social del siglo XXI. Todo comenzó a raíz de la llamada "Primavera Árabe", las protestas que surgieron en varios países del norte de África a finales de 2010. En pocos meses, Túnez, Egipto, Libia y muchísimos más países veían como sus dictadores tenían a la mayoría del país en su contra. En medio del gran jolgorio periodístico que surgió por entonces, con infinidad de periodistas apostando que estas protestas supondrían el inicio de la democratización del continente africano, apareció también la creencia de que las revoluciones tuvieron éxito gracias a herramientas como Twitter.

Esta creencia ha llegado hasta hoy, a pesar de que el "éxito" de esas revoluciones es algo más que cuestionable. El delirio colectivo que surgió entonces nos ha hecho creer que, con un simple texto de 140 caracteres, es posible influir en los asuntos más delicados que existen en el mundo. ¿Quién no recuerda el famoso hashtag #BringBackOurGirls a raíz del secuestro de unas 200 niñas por parte del grupo islámico radical Boko Haram? A día de hoy, Boko Haram no sólo las mantiene escondidas, sino que las niñas se han visto obligadas a convertirse al islam, el grupo ha ido secuestrando otras jóvenes y ha protagonizado distintos atentados que han dejado decenas de muertes sin que nadie les haya puesto freno.

El mundo, pues, sigue girando a pesar de los mensajes que se publican en las redes sociales.

Vídeos destacados del día

¿Pero qué es lo que falla? ¿De verdad Twitter o Facebook no tienen influencia alguna a la hora de lograr algunos cambios? La respuesta es sí, pero a una escala muy pequeña comparada con las revoluciones pre Internet. Tomemos como ejemplo las marchas organizadas por Martin Luther King en favor de la igualdad racial y el respeto por los derechos humanos sobre los ciudadanos afroamericanos. Durante sus reivindicaciones se movilizaron centenares de miles de personas, en un movimiento que daría sus frutos, pues se acabarían aprobando, entre otras, la ley de derecho a voto en 1965. El éxito de esa revolución radicó en el fuerte lazo ideológico que existía entre los manifestantes que salieron a denunciar la clara discriminación que vivían.

Aquí radican dos de las claves del activismo clásico: el fuerte vínculo emocional que existe entre los manifestantes para luchar contra el status quo y la presencia de un líder único y cuya autoridad es indiscutible. El sociólogo canadiense Malcolm Gladwell lo analiza brillantemente en su ensayo "Por qué la revolución no será tuiteada".

Twitter es otra realidad. Ahí se prioriza el número por encima de todo, por lo que se pierden los lazos fuertes con la protesta. Por ejemplo, cualquiera puede protestar por una ley norteamericana a pesar de no ser norteamericano, ni haber pisado nunca Estados Unidos ni tener relación alguna con algún norteamericano. Pueden ser más, pero el vínculo se diluye. Esto se acentúa al no existir una estructura jerárquica ni un líder claro; las decisiones se toman por consenso y "los lazos que unen a la gente son informales", asegura Gladwell.

El fenómeno de la revolución 2.0. tiene un mayor número de seguidores porque el requisito para estar de acuerdo requiere un esfuerzo mínimo; una firma (en el caso de Change.org), un like o un hashtag es suficiente y no hace falta repetir lo que hizo Luther King. Se nos hace creer que contribuimos a la construcción de un mundo mejor cuando en realidad el compromiso por la causa es prácticamente inexistente.